
Edad recomendada (+7)
Líbrida
Texto: Sofía Marbán Lorenzo.
Imagen: Foto de Flagey de Johan Jacobs
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
INTRO: ¿Qué sería de los autores sin sus ciudades? ¿Y de las ciudades sin ellos que las plasman en sus libros aun sin quererlo? Los lugares de sus historias, que les ven juntar letras mientras caminan, se mezclan en las líneas al tiempo que brotan del papel, y de este juego de tinta y pasos nace algo nuevo. Algo que no sería lo mismo sin la ciudad que les inspira, ni la ciudad es ya lo mismo sin el cuento donde se describen o se reinventan sus calles, sus personajes… Ese cúmulo impreciso, que al leerlos, nos hace respirar la misma atmósfera aunque ni siquiera hayamos estado. Aunque ni siquiera existan esos lugares.
Una de estas ciudades es sin duda Bruselas, ya que ha sido casa, casi siempre de paso de escritores como Julio Cortázar, Alexandre Dumas, Emily y Charlote Brönte, Víctor Hugo, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Lord Byron… son muchos los escritores que pasaron por la capital belga. Las razones son diversas: desde políticas a meras casualidades. Pero todos parecieron dejar huella/en los adoquines y estos en los escritores.
Igual que le pasa a todo el que la recorre, Bruselas no suele dejar indiferente… bien porque has disfrutado de su bello caos o porque te has visto inmerso y perdido en él.
Uno de los ejemplos de esa interacción entre escritora y ciudad, entre poeta y locura adoquinada, es el poema de Sofía Marbán Lorenzo que recoge Líbrida. Un primer poemario que se presenta así: Líbrida traza un recorrido por la memoria, el deseo y la experiencia urbana desde una voz íntima que no renuncia a la mirada crítica. En sus páginas, lo personal se entrelaza con lo colectivo, y la ciudad aparece como escenario de cuerpos, vínculos y tensiones. Con una escritura que alterna intensidad, ironía y reflexión, el libro explora la poesía como una forma de pensar, resistir y ensanchar los márgenes de la libertad.
Sofía Marbán Lorenzo es de A Coruña (1981), pero creció en Bruselas. Más tarde vivió en Barcelona, Yaundé, Hanoi, Cochabamba, Nouakchott… cuando trabajaba en Cooperación Internacional al desarrollo. Actualmente vive en Bruselas, trabaja en Políticas de cultura y educación y es sin duda una persona de mundo con una mirada única, una mirada que parece saltar del objetivo de su cámara a lo observado y de ahí al papel que se impregna de sus pasos.
La propia autora nos recita en francés uno de sus poemas sobre Bruselas:
Bruxelles:
Le paradis sur terre
C’est le dimanche
À Bruxelles
Fainéante, nonchalante
Pleine d’action et extravagance.
Toutes générations
Et origines confondues
On occupe les bancs publics
On papote avec n’importe qui
On chante toujours et encore
Du Brel, du Brassens, et Ferré.
On se croise, on embrasse ses quartiers
On est d ‘ici, on vient de là
On a bougé, mais on reste là
Où sont les gens, les vrais, le monde
La réalité la plus belle
La plus immonde.
Femmes citoyennes
Addictes à la beauté
La grande bellezza
C’est nous, par pitié :
Le rien, le doute, la terrasse
E Inês.
Et l’autre et le livre
La chaise musicale
Le chien et son maître
Une Peggy Sue
Ancienne ministre
De Westminster.
Boris cinéaste
Bohème toujours présent
Entre le respect, les rires
Les bars et les ruelles
De l’Haute à Blaes
On vit et ça gaze ?
T’es rien, t’es nulle,
Tu vies et ça te soule
Mais t’es là
Au bistro
Et tu travailles
Et tu vies
Il y a ta famille
Et tu souffres
Et tu vies
Et tu te soules
On t’aime
Quoi que tu fasses
Parce que tu vies
Et qu’est-ce que ça te soûle.
El paraíso en la tierra
es un domingo
en Bruselas.
Perezosa, impasible,
llena de acción y extravagancia.
Mezcla de origen,
generación y condición,
ocupamos los bancos públicos,
charlamos con cualquiera,
cantamos a Brel, a Brassens, a Ferré,
por siempre, incluso hoy.
Nos cruzamos, sus barrios besamos.
Somos de aquí, venimos de allá,
nos hemos movido y nos quedamos acá,
donde está la gente, la de verdad,
la más hermosa,
inmunda realidad.
Mujeres de ciudad
adictas al éxtasis
La grande bellezza
somos nosotras, ¡por piedad!
La nada, la duda, la terraza
e Inês.
Libros, otredad
la silla musical
una perra y su amo
una Peggy Sue
antigua ministra
de Westminster.
Boris cineasta
bohemio siempre presente.
Entre el respeto y las risas,
calles y callejuelas
de Haute a Blaes
vivimos a todo gas…
No eres nada, más que un pedazo de mierda.
Vives y te jode
pero aquí estás
en el bar
curras
vives
está la familia
sufres
y te jode pero vives
y te emborrachas…
Te queremos
hagas lo que hagas
porque vives
y te emborrachas y como te jode…
Bruselas es cuna de muchas partes del mundo. Molenbeek, Schaarbeek, Matonge (el barrio africano), Sint Gilles, Saint Cathrine, Chatelain, Forest, el barrio europeo, el centro… cada zona tiene su propia seña de identidad, sus iconos, incluso a veces su idioma. Se podría decir que son pequeñas ciudades dentro de una ciudad que las acoge a todas, y que esta les deja hacer, les deja ser ellas mismas a pesar del ruido, o quizás gracias a él, que está por encima de nuestras cabezas en forma de aviones que llegan y salen de Zaventem, de tráfico, de conversaciones políglotas dentro de un metro, de lluvia… Es fácil perderse a pesar de que no sea una ciudad especialmente grande porque los colores se difuminan en medio de un caos que te observa, pero te deja espacio para ser otra cosa.
Uno de los lugares más icónicos es Flagey, un edificio que da nombre a la plaza y a la zona donde se encuentra. Está situado muy cerca de los estanques de Ixelles (o Elsene como se dice en Flamenco, lengua oficial de Bélgica junto con el francés y el alemán). Su plaza alberga un edificio muy característico Art Decó al que apodaron “Packet Boat”, por su fachada y torre que asemejan las de un barco. Este edificio fue Casa de la Radio entre los años 1930 y 1960. Actualmente alberga en su interior salas de cine y de conciertos. A sus pies hay cafeterías con terraza desde donde se puede apreciar el ramé de la plaza: esa belleza que surge del alboroto sutil pero constante. Casi como si fuera un río… de viandantes entre el mercado de las flores, ciclistas, un tranvía, unos niños que juegan en la fuente, estudiantes haciendo cola en el puesto de patatas fritas, borrachos que intentan disimular su estado de embriaguez mientras te preguntan la hora…
Es fácil jugar a adivinar la vida de los transeúntes desde esa plaza, y observar a los que sin quererlo, han pasado a formar parte de su arquitectura de una manera no tan bella.
En uno de ellos se inspira el relato de Sofía, para el que ha cedido su voz y su interpretación. El relato se llama, Bukowski.
BUKOWSKI:
«El pobre Sócrates no tenía más que un Demonio prohibitivo; el mío es gran afirmador, el mío es Demonio de acción, Demonio de combate. Su voz, pues, me cuchicheaba esto: «Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla».
¡Matemos a los pobres! – XLIX — Pequeños poemas en prosa – Spleen de París, Charles Baudelaire
Tiene el tronco robusto y mueve los brazos como las hélices de un helicóptero. Aniquila al viento pájaros pesados, bizcos y desplumados, como un policía patrullando las esquinas. Sus andares, largas y torpes zancadas, marcan el ángulo central de la circunferencia perenne en la que vive enroscado. En su copa de pelo de paja anidan restos de pan, huevos de colibrí y hojas caídas de especies diversas, reposando en armonía en una maraña de red marchita. Un manjar de naturaleza muerta y viva coronada por colillas procedentes del suelo y ceniceros urbanos. Se desplaza con las piernas descubiertas, viste pantalones de tela verde militar, raída a la altura de las rodillas con formas geométricas semblantes a los patrones de encajes de Brujas. Calza zapatos que resuenan a los de puntas curvas e hinchadas, como globos de feria con los que trotan y bailan los payasos desde tiempos de la Commedia dell’arte. Se desliza arqueado, con el espinazo doblado, escupiendo a un vacío en el que dibuja abortos de líneas del tiempo. Entrecorta sus pasos mediante incisos en los que trata de recobrar el equilibrio bebiendo otro trago de las latas de cerveza que encuentra. Un empate al tres en raya le atraviesa la retorcida napia. Carga nudillos machacados en carne viva. Se muerde las uñas carburadas con violencia inquebrantable, muestra tajos en el cuello con costra podrida, pincelando un mapa de heridas callejeras que sólo se consigue leer y entender al revés. Es como el mítico hombre árbol, un jefazo de la comunidad de los Ents de Flagey. Una especie de bufón callejero que increpa a los pasantes riéndose a carcajadas de función convexa, sin ton ni son, sin venir a cuento ni por razón aparente, en sincopa perfecta con toses estruendosas y guturales revestidas, a su vez, por gargajos expulsados con propulsión trasera a una velocidad y fuerza de espanto. Nadie lo quiera, pero sería factible vislumbrar su muerte al estilo críptico del filósofo Crisipo de Solos, del que cuenta la leyenda que se despidió del mundo terrenal atascado por un ataque de risa provocado por el chiste que se contó, cuando vio a un burro comerse los higos de unos árboles y considerar que el animal merecía un buen vino para acompañar aquel almuerzo frugal. Si el humor mata, aunque sea narciso, que vaya a buscarle y le embarque en un viaje hasta ese recóndito lugar donde la lógica y la dialéctica caminan, seseantes, de taberna en taberna, ciegas de licor.
Bukowski nunca pide dinero, lo dejó todo en casa de los viejos aristócratas que, según se rumorea en el barrio, mandaban ingresarlo en el frenopático de tanto en cuanto. Estancias tras las cuales Buko salía (o se escapaba) con un deseo apremiante: el de donar su cerebro a la neurociencia con vistas a ejemplificar la flamante imposibilidad de la integración de los múltiples Yos. Hasta que la tan respetable familia abandonó la causa, a él mismo y a cualquier conato de cuidado, por considerarlo espurio. Tampoco utiliza las duchas que pone la administración comunal a servicio de la población más vulnerable, las de la asociación Rolling Douche que, cada jueves, instala regaderos portables en un lateral de la plaza central, justo al lado de la Friterie. Muy adecuado para desengrasar las responsabilidades públicas.
«¡I am a fucking rolling Stone!», exclama cada vez que pasa por delante, cantando el estribillo de (I Can’t Get No) Satisfaction, imitando los movimientos histriónicos de Mick Jagger, como si fuera a descuajeringarse en cualquier momento. A pesar de su inestabilidad constante, goza de unos recursos mímicos naturales y de una maña acrobática digna del Circo del Sobrio. Se la sopla con soplete la beneficencia y las ayudas sociosanitarias a su disposición.
Un mediodía entre semana, en un mes en el que se espera al polen y a los enjambres de abejas, una joven aguarda al autobús escuchando música a través de auriculares cableados bajo la luz oblicua intermitente de una farola trasnochada. En la parada de la estación neurálgica del barrio confluyen hierros, pises helados y flores calvas.
La estación está cubierta por una estructura semejante a un ala delta, con velas de cristal y barras enormes de acero como las patas de una mantis religiosa invencible. En invierno son de gran utilidad para frenar la lluvia. En los días que corren, incitan más bien a emprender el vuelo y huir del asfalto. Sin prestar demasiada atención, la joven deja encima de una papelera adyacente a la parada un café vertido en un vasito de cartón y se pone a chasquear los dedos pulgar y corazón de ambas manos. El ritmo le apremia. O será la prisa. El café no sabe esperar. Se enciende un pitillo, la ecuación ardiente del tiempo. Tiempo del que Bukoswki no es esclavo, ni mucho menos de las palabras. Él se acerca, ella mira de través, alzando la vista hacia la mole que se encuentra ya a sólo seis pasos cortos. Al aproximarse, la chica recuerda cómo una de las jóvenes rumanas que pide limosna en el bordillo de la panadería La Fleur du pain, en el lado opuesto de la plaza, se tapa la nariz emulando una nausea, un vómito inminente cada vez que pasa Bukowski por delante de su lugar de trabajo. Una mirada de exalto le incendia el semblante en esos instantes. Entorna los ojos, de vuelta al aquí y al ahora. Bukowski ya le está aspirando el aliento. Tiene en la boca un piano destartalado, una guarida de resonancias empedradas.
—¿Me dejas escuchar una canción? —le pregunta Bukowski, pegándose golpecitos en el trago de la oreja izquierda.
—Ya está llegando el bus —suspira la joven, haciéndole desistir de su petición.
—Una truja, entonces.
—Anda, toma.
—Oye, ¿tú eres poeta? ¿O madre? ¡Te va bien!
—¿Me va bien el qué? O una cosa o la otra, mec. ¡Aclárate!
— Nos queremos, ¿verdad?
La chica se ríe abiertamente por la ocurrencia del vecino. ¿Reprimir la risa? Ni en la mejor convención sobre el autocontrol.
—Nos respetamos, que es todavía mejor —concluye la joven.
El bus aparca. La joven sube. Mientras el conductor espera a que se instale el pasaje, se sienta en la parte trasera y observa la plaza por la ventana. Descubre a Bukowski asustando deliberadamente con un buuuuuh penetrante, mantenido, estirado, a un hípster que acaba de aparcar un patinete eléctrico de alquiler en la orilla de la estación. El hípster gimotea, sobresaltado como un perro abandonado. Bukowski se rasca la cabeza, del pelo le cae una anilla de lata, la recoge y se la ofrece al chico:
—Para toda la vida, ¡te entrego mi ardor incondicional! —, le dice al hípster, arrodillado ante él por un escaso segundo, previo al ostión monumental que se pega contra el pavé de Bruxelles, el característico cemento que cubre la ciudad y que resulta ser un postre local, también. La dura dulzura, la raíz más pura.
El dolor arranca al galope en la frente, pero se ve atenuado por chiribitas, piruetas y volteretas de colores que arman formas geométricas psicodélicas, como las que veía de pequeño a través de un caleidoscopio de latón que le habían regalado unos familiares lejanos vinculados a la casa de Arenberg.
—¡Eres un Pink Floyd! —le espeta acto seguido, zurumbático—. ¡La penumbra de la luna te castigará!
Se queda alelado, como las moscas que revolotean por la techumbre del aparcamiento subterráneo de la plaza donde se juntan los yonquis del barrio. Ese lugar es un puchero de potas, meadas y alas. Alas como las de la estación y las que encuentran los fêtards tras haber compartido el conjunto de utensilios necesarios para chutarse el jaco que les conducirá a formar la Corte de los Milagros.
Una de las moscas aterriza en la herida que le nace en la frente. Hay sangre fresca. La aplasta de un manotazo. La mosca muerta se le queda agarrada en la piel. Buko tiene un lunar de quita y pon que le concede un aire de mierda divino.
El hípster aparca el aparato eléctrico con máximo detalle civilizado, impasible ante lo acontecido, indolente ante una realidad que más tarde relatará como anécdota fulgurante a sus colegas de la agencia de márquetin y comunicación donde trabaja. Se peina la barba con la mano, como quien acaricia las hojas lanceoladas de un castaño en flor, se abrocha el botón de la camisa de franela a cuadros que ha comprado por cuotas sin intereses en una página web de segunda mano llamada Mercado libre, y retoma su camino sin otear siquiera el cuerpo convulsionado de Bukowsi.
Cuando el bus finalmente arranca y atraviesa el cruce infernal con la Chaussée de Vleurgart, la joven ve pasar un Mercedes blanco con las tres letras BUH grabadas en la matrícula. Le sale un «anda, mira tú», sintoniza la rumba de Kiko Veneno y estampa su mirada en el libro que acaba de sacar de la mochila, dando por finalizada la escena, convencida de que a Buko le hubiera gustado la elección de esa canción.
Esa misma tarde, nubes bajas y pesadas pueblan los deseos de lluvia. Es la hora de los perros, los dioses del cielo. Una mujer sale de casa, se dirige a los estanques al acecho del juego. Palos que vuelan, olida de culos, corridas con límites. La humanidad animal, el instinto coartado. De vuelta a la plaza la joven ve a Buko a lo lejos, que oscila alrededor del White Night. Se le oye gritar al: «¡tengo una birra! ¡Jo, jo, jo, jo!». Su risa se escucha hasta en Coirós. Sigue farfullando «esto es lo de siempre: a patadas en los bares, por la puerta de atrás si logro pasar, enemigos íntimos, tirado en la calle, ¡no hay mejor vida que esta!». Una pareja de adolescentes entra en el establecimiento. Y Buko se altera: «¡venga no me jodas y mira a esa! Pero vaya papo que tienes, niñato rubiales, espera que te cagas por los anales…». La pareja acelera el paso y sale de la tienda, despavorida. Ya en la calle, Buko prosigue, dirigiendo sus exabruptos al busto de Pessoa: «¡en los anales de la humanidad! ¿A quién se lo escuché yo esto hace unos días? Son unas hienas en el portugués, pero alguno me habla. ¿Sería la tipa esa extraña de la mañana…? ¡Estaba hablando con el marroquí hace unos días… ¡Eso es! ¡Voilà!».
Se dirige hacia el Café Belga, avista el largo banco situado a unos metros frente al bar. Suelta a borbotones: «en unos años estos ya no estarán aquí. Voy a sentar el culo, en la orilla de las raíces de madera, en el banco de maderos paralelos del árbol del infierno». Coge un vaso de cerveza que pulula abandonado sobre el banco. Exclama: «¡Joder, qué vaso tan guapo, Affligem rubia! Putada que este vacío. Yo sí que estoy afligido, cabrones. Y mi lata también. Estoy seco». Se levanta, se restriega la ropa, busca en bolsillos, en los zapatos, en las orejas. «No me queda ni un euro. Ni una papela. Soy un veleta. ¿Qué será del tío Arthur? ¿Y de Marieta? Qué bien nos llevábamos…». Agarra la copa con un golpe de efecto, la alza y abate sobre el banco. «¡¡Quiero otra cerveza!!».
Galimatías de vidrio, lluvia cortada, machetazo de cristal.
El segurata del Café Belga, un matón calvo con barba talibán, ataviado con pantalón de camuflaje, camiseta negra y gorra deportiva con un Michael Jordan blanco estampado en la mollera, expulsa a empujones a Bukowski del área. Otros dos vigilantes le ayudan, obligando a Buko a cruzar la carretera a trompicones. Es el máximo logro del día: han alejado la pestilente existencia de aquel mamarracho de la humanidad rubicunda que sorbe las bondades de la vida a base de refrescantes bombonas de Aperol Spriz. Bukowski tropieza varias veces, se cae rodando como un tornillo sin tuerca y aterriza en el camino polvoriento que bordea el estanque. El matón le sigue y remata la faena con un patadón en la espinilla. Sus secuaces, por aquello de no ser menos, imitan la hazaña del jefe, mejorando así el desarrollo de capacidades y funciones que algún día les promueva a las más altas instancias de la seguridad nacional. Buko se levanta, se restriega de nuevo los pantalones, se rasca los piojos, recoge su lata y las migajas de ignominia para diluirse entre los estanques ante jóvenes ociosos que presencian, inmutables, el incidente. Alejándose hacia el Jardín del Rey, se pega un paso de foxtrot Charlestón para espantar a dos patos roncos. Los patos graznan, Bukowski les responde. En un delirio acompasado de polirritmias sonoras, la bande–à-dada se disipa tras el telón de farolas y sauces llorones. La rueda del rechazo, la cadena del desalojo. El hábitat de artificio, sin fuego, ni arte ni oficio, será nuestro hangar.
En el bar, desatendiendo el consejo de su amiga, una joven se levanta y se acerca al segurata, que ya está de vuelta, sacudiéndose del hombro cierto polvillo de miseria moral que se le ha incrustado tras el altercado. Se siente agotado, ha cumplido con todos los indicadores de rendimiento, logrando incluso cuotas de over-perfomance. Jadea por las narinas, bufa como un rinoceronte daliniano.
—Mira, disculpa, ¿no te parece que hay otras maneras de actuar? —le pregunta la joven al segurata.
—Me cago en todo, ya estamos de nuevo. ¡Estoy harto de vuestro dinero!
—¿Pero de qué dinero me hablas? Acabas de patear a un tipo enfrente de decenas de personas.
—¡Sí, nuestra clientela, por la que estoy velando! Conozco a ese desde hace muchos años. Si alguien se sienta encima de los cristales rotos me cae el marrón a mí, ¿sabes?
—Claro, pero los bancos son del ayuntamiento, no del bar. Está en el espacio público y tiene derecho a ocuparlo como el resto, aunque la monte —insiste la joven.
—Mira, guapa, yo tengo una responsabilidad. ¿Sabes que hace una semana una chica denunció en las redes sociales que este tipejo le dejó la cara como un azulejo roto, como una baldosa hecha pedazos?
—Pues no, ni idea. Ya sé que tiene ataques violentos. Yo nunca he tenido problema con él, pero no se trata de eso ahora. Y te aseguro que me importa lo que me cuentas.
—Es adicto a la heroína y la policía lo sabe, pero no actúa. Es una causa perdida.
—¿La policía? ¡Ja! ¡Sin duda! —afirma ella.
—Yo cumplo con el orden y la ley. ¡Y este no cumple ninguna de estas cosas! Antes era cliente del bar. ¡Míralo ahora! Pero ¿tú qué vas a saber?
—No, claro, yo no sé nada. El estandarte del barrio lo llevas tú. Ya le haces el juego sucio a la policía, bravo.
—¡Ese tipo es una podremia!
—¿No sería mejor intentar hablar con él primero? Entiendo que se le aparte si no reacciona, ¿pero es realmente necesario ejercer tal violencia?
—¡Mano dura con los indeseables!
—¡Con gente como tú la humanidad está salvada, jefe!
Resoplando, la joven se despide de su amiga, del perro y del grupo variopinto con el que está en la terraza. Retoma el camino a casa rodeando la plaza, se sienta en el banco circular. Se recoge el pelo en una coleta, dejándola caer sobre un hombro. Escribe una dedicatoria anónima en la segunda página de cortesía del libro Los días contados de Juan Madrid, y lo deja en el buzón de la esquina. Reflexiona, apoyada en el ventanuco colgante, acerca del impacto, del resueno, del pico y la pala en el cerebro que provocan las lecturas o cualquier espectro de creación en las vidas propias y ajenas. Buko se había colado entre aquellas páginas que acababa de leer acerca de la Movida de Madrid y el pulular de personajes marginales. Ahora le tocaba a ella compartirlas, regadas por su mirada. Si la magia tuviera motor, arrancaría mansa, volaría en círculos concéntricos, como una mosca cojonera. Cogería carrerilla a la altura de los nimbos y explotaría en un remolino dando luz a capullos y libros.
Como el loco de Cinema Paradiso, Buko resiste. Al cabo de una hora se deja ver de nuevo por la plaza. Deambula hacia los estanques, alejando a los paseantes. Vocea a un viento herido: «¡La place est à moi, la piazza è mia!». Se adentra en el estanque sibilinamente, integrándose en aguas que remolinan sin calma. Tras desaparecer por varios minutos, aparece en el otro extremo del estanque, impoluto, como un ángel caído. De nuevo, se dirige al Jardin du Roi, donde se tira en la hierba, extasiado. Pone a secar el alma formando un crucifijo. Ya recostado, da de comer un mendrugo empapado a los patos que se han acercado a aplaudirle.
SOFÍA MARBÁN LORENZO.
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