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Latido sin miedo

Texto original: Beatriz G. Alberdi

Imagen: Adehoider bajo licencia Creative Commons (CC)

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

INTRO: No voy a interpretar el poema. Eso es cosa del lector, según el día, según lo que sienta y lo que quiera ver. No. Pero sí puedo decirte cuándo escribí este poema, quiénes me acompañaban y por qué desde la distancia, con aire, se ve todo un poco diferente. Sí puedo decirte que el trauma anula el lenguaje, o mejor dicho, que el lenguaje no nos permite expresar todo lo que necesitamos decir en el momento en que sucede. Porque es tan abstracto, sobre todo para el que lo vive; porque no puedes diseccionarlo y contarlo por partes, porque se quiebran las hebras de la historia dentro de ti y es imposible saber qué pasó y cuándo. Se queda todo ahí flotando, como una sopa de ojos asépticos, cordiales pero fríos. La indiferencia puede ser un rasgo de la incomprensión. También el ataque. O el silencio prolongado hasta que eres capaz de unir las piezas, que son en realidad fragmentos de ti desfigurados.

En el poema hablo desde un lugar seguro del año 2023, sintiendo un marzo del 2020. Desde que no trabajo en un hospital, me rodeo de otras personas que escriben. Nos reunimos en Metaprosa. Y después nos leemos. Y es bonito.

Llevé este poema a Valencia al Premio Nacional de Poesía Viva L de lírica. Y fue como exorcizar algo. El poema se llama: Latido sin miedo.

El barbecho es necesario, pero siempre cuesta algo,

sobre todo tiempo. 

Y el tiempo es lo más preciado, y es lo que no tenemos, 

¿o sí? 

Puede que sí, pero solo con las decisiones correctas. 

Sólo entonces lo hay de sobra para quemar. 

Para afilar las uñas y guardarlas.

Si pienso en los parones de mi vida no encuentro muchos, 

a excepción de los veranos eternos 

en los que parecían no pasar las horas. 

Aunque esos no cuentan, 

ya que para descansar es requisito indispensable 

que seas consciente de que estás descansando. 

No vale con estar quieto o levantarse sin despertador, 

hay que habérselo propuesto, 

haber marcado un ítem en tu lista de cosas pendientes 

y haberlo tachado al ritmo de la secreción de dopamina que eso nos genera. 

Por eso, no encuentro muchos 

si me planteo más o menos concienzudamente 

cuáles han sido esos silencios, esos lapsos de actividad. 

Esos voluntarios frenazos en seco. 

El último fue un 13 de marzo. 

Estaba enferma y me había puesto enferma. 

No es lo mismo pero se superponen y acaban siendo la misma cosa. 

Como el cuento del huevo y la gallina. 

Al final da igual si fue culpa mía por llevar meses sin dormir y desangrándome por dentro, 

o si pillé algo en el abarrotado metro bruselense. 

Me costaba respirar, lo notaba especialmente cuando fregaba los platos… 

sentía un vacío en el pecho, muy ligero, 

y en la siguiente bocanada faltaba algo, 

aspiraba aire pero no oxígeno. 

Era como respirar en un planeta diferente 

con una atmósfera distinta a la nuestra: 

neón y nitrógeno en cantidades desproporcionadas. 

Sentía que mi cara se había quedado bajo el agua en la piscina. 

Como cuando eres niña y olvidas expulsar aire al sumergirte, 

y unas burbujas se quedan en tu nariz hasta después de la siesta. 

Así, constantemente, cada día, durante muchos días. 

Me di cuenta además de que la causa no era un cambio en la composición de la atmósfera

sino que mi corazón no latía como siempre. 

Al tomarme el pulso con el ceño fruncido contaba: 

uno, dos, tres, silencio, uno, dos, tres, silencio… 

¿Cómo podía osar él a pararse cada 3 latidos? 

¿A tomarse un descanso cuando yo no me lo permitía?, 

¿cuando yo encadenaba noches sin apenas dormir y me exigía ser más rápida, hablar mejor, diagnosticar mejor? 

Ahí fue cuando tomé la decisión de PARAR (con letras mayúsculas). 

Y entonces pareció que todo empezase a rimar de forma macabra, 

porque el silencio de ese latido fantasma se extendió. 

Y de un día para otro, 

no había aviones, ni noticias del hospital, ni frases dirigidas a decirme lo que debía ser,

cambiaron a la nada 

a ese mutismo que a veces acompaña al fracaso ajeno, 

el mío, 

por no poder ser soldado. 

Y entonces esa parte de mí que se había puesto enferma 

aprendió a respirar de nuevo, a recordar que las ramas se mueven al ritmo de un viento interno y que las tormentas de otros no importan para rescatarte desde dentro. 

Y se creó un espacio tan grande en ese latido sin miedo que se convirtió en una tábula rasa donde escribirme de nuevo. 

Sin voces, solo las mías. 

Creo que fue el mejor barbecho de mi vida, 

el único vital y necesario. 

Aunque estuviera rodeado de tantas muertes. 

Siempre se paga algo a cambio, 

el tiempo de la pausa, 

y los daños colaterales.

BEATRIZ G. ALBERDI