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INTRO: Dentro del amplio imaginario del norte peninsular, la mitología de Cantabria ocupa un lugar singular por la fuerza de sus paisajes y la profundidad simbólica de sus relatos. Su conservación ha sido posible gracias al trabajo de investigadores y compiladores que supieron escuchar la voz de sus gentes y rescatar en sus narraciones una tradición que se difumina con el devenir de los tiempos.
Entre los más destacados, Manuel Llano tiene un papel fundamental para comprender el folclore y las leyendas de su tierra. Sus textos, construidos a lo largo de años de investigación y en contacto directo con la tradición oral, siguen siendo una referencia imprescindible para acercarse al imaginario mágico de Cantabria.
Inspirados por estas historias, el colectivo Susurros del Norte, conformado por Andrés Iglesias, Blanca Canales y Jorge Tomillo Sotojove nos presenta este relato recuperando la esencia de aquellas antiguas narraciones. Un viaje hacia la memoria mítica del norte donde estas curiosas criaturas cobran vida para horror y fascinación de los escuchantes.
EL OJÁNCANO.
«El mito masculino, fiero, malhumorado, gigantesco, siempre pensando en destruir cabañas, en derrumbar árboles y puentes, en entorpecer las camberas y los senderos con grandes peñascos. El Ojáncano es la antítesis de la bondad, de la dulzura, de la misericordia de la Anjana. Donde ésta pone afecto, recompensa, humildad, regalo, pone el Ojáncano rencor, castigo, soberbia, hurto. El Ojáncano es como un símbolo del odio, del enfado perpetuo, de todo lo que destruye, amenaza, desgarra y maltrata. Siempre con los malos pensamientos, con el agravio de sus fuerzas, con su instinto que “paez hechu de espinos, de lobu, de cuervu, de raposa”. El Ojáncano se alegra de la aflicción de los pastores enamorados, de los incendios que destruyen los bosques, de los ríos que inundan las mieses. Todos los percances que hacen sufrir a los hombres son para él motivo de alborozo. Existen diversas versiones acerca de las características externas de este mito. Las cualidades interiores son idénticas en todas las narraciones que hemos escuchado. Hay cierta coincidencia en la descripción del rostro, que es redondo, perfectamente redondo, de color amarillento, con unas barbas largas, bermejas como una llama. Los cabellos son de un rojo menos intenso. Su único ojo, en mitad de la frente, relumbra como una candela, y está rodeado de unas arrugas pálidas con unos puntitos azules.
El Ojáncano habita en unas grutas profundas, a cuya entrada hay siempre malezas, arbustos, grandes piedras removidas. Su lecho es de hojas, de yerbas, de rozo áspero cuyos escajos no hacen mella en su piel dura. La gruta tiene una puerta de roca que al abrirse y al cerrarse hace un ruido semejante al rute de una canal en el desnieve. El Ojáncano empuja levemente la gran puerta de roca y ésta se abre con facilidad, como si estuviera hecha de madera liviana, de varas entrelazadas, de tablas delgaditas. No hay peso imposible para las fuerzas del Ojáncano. Cuando se enfada empieza a manotazos con el monte y rompe las peñas como un hombre la caña de un maíz. No hay cosa más desagradable para este mito que el viento recio, porque hace que se le enreden las barbas en los zarzales, en las árgomas, en los arbustos. Cada vez que le sucede esto en sus largas caminatas, golpea con furia el árbol más próximo y el árbol se cae. Los desfiladeros, los tajos profundos, los precipicios los han hecho los Ojáncanos. Los Ojáncanos son los que desgajan del monte las grandes moles de peñas que entorpecen los caminos, rompen las paredes de los invernales o se llevan por delante alguna res.»
En el norte de la Península Ibérica, guardada por los imponentes Picos de Europa y bañada por el Atlántico, se encuentra una pequeña región donde densos bosques y poderosas montañas conviven con playas de arena fina y escarpados acantilados. Donde el verde asoma en cada rincón y existe una magia ligada a sus imponentes paisajes y a su historia. Una historia que va desde sus primeros pobladores, los neandertales y los primeros homo sapiens, que hollaron sus valles hace cien milenios; pasando por los pueblos celtas castrenses, el imperio romano, los visigodos o el reino de Castilla. Hasta el día de hoy, en que a pesar de la modernización natural, Cantabria sigue siendo una tierra cuyos pueblos preservan unas raíces profundamente arraigadas en el acervo cultural, la naturaleza que les rodea y el sincretismo mitológico que sus habitantes han dejado a su paso a lo largo del tiempo.
Al igual que otras regiones del litoral cantábrico y del norte de España, el folclore de Cantabria se apoya fundamentalmente los mitos paganos celtas, basados en deidades protectoras como el Sol, la Luna y el Fuego; y era habitual la derivación de dioses celtas como el dios-padre Candamo, rey de la tormenta y la montaña; la diosa-madre Epona, o Lug, el múltiple artesano. Este arraigo identitario se demostró en la férrea resistencia de los cántabros y astures, últimos reductos de los pueblos independientes de la península ibérica en ser sometidos por el Imperio Romano. La resistencia, basada especialmente en escaramuzas y guerra de guerrillas aprovechando la orografía y el terreno agreste, se prolongó hasta el año 19 a.C., requiriendo la movilización de gran parte del ejército romano e incluso del mismo emperador Augusto.
Tras la romanización permearon elementos mitológicos del panteón latino, y la posterior cristianización, que no se produjo hasta casi el siglo V, legó el paganismo cántabro a un segundo plano que se mantenía vivo especialmente en las áreas rurales. De este panteón cambiante y con las características geográficas y socioculturales de Cantabria fueron surgiendo a lo largo de la historia un gran número de cuentos y leyendas, así como de criaturas mitológicas que habitaban los bosques, montañas, ríos y costas de la región.
La tradición oral ha sido siempre el vehículo de sus cuentos y leyendas, que iban extendiéndose y alterándose de pueblo en pueblo dando lugar a diferentes versiones; pero casi siempre manteniendo la fórmula del apólogo o del cuento moralizante, en el que las travesuras y las maldades llevaban habitualmente al infortunio, y la bondad y la redención podían ser la llave para escapar de este, o bien para obtener favores o tesoros de seres mágicos o divinidades.
De todas las criaturas que pueblan los mágicos bosques y montes de Cantabria, probablemente no haya ninguna tan conocida, ni tan temida, como el terrible Ojáncano, u Ojáncanu. Este colosal gigante, que puede variar entre los 3 y los 10 metros de estatura, ostenta un aspecto temible que inspira el terror en aquellos desafortunados que se encuentran con él. De complexión robusta, esta bestia antropomorfa de tonos pardos o rojizos se caracteriza por sus grandes fauces, que según algunas fuentes tienen dos filas de dientes; su abundante pelo parduzco, su barba y melena largas y enmarañadas, pero sobre todo por un único y enorme ojo situado en el centro de la frente; que se dice que paraliza sin remedio a quienes lo miran. También se caracterizan por tener diez largos dedos en cada mano y en cada pie. El Ojáncano habita en recónditas y profundas grutas montañesas, cuya entrada oculta con rocas y maleza; y vaga por los bosques, las montañas y los páramos, a menudo amparado por el sotomonte y las arboledas, donde acostumbra a cazar ovejas, que abduce de sus rebaños con facilidad gracias a su ciclópea fuerza. Aunque puede alimentarse de bellotas, hojas de acebo y vegetales que roba de las huertas, su gran apetito le puede llevar a cazar tanto animales del bosque como ganado; y no es raro que caminantes perdidos, pastores incautos e incluso niños desafortunados acaben devorados por estos seres en un encuentro casual. Se dice que el Ojáncano suele estar acompañado de dos cuervos, con los que se comunica a conveniencia. Esta característica junto a su único ojo se cree que puede ser una semejanza con el dios nórdico Odin, tuerto de un ojo y acompañado siempre de los cuervos Hugin y Munin, “Pensamiento” y “Memoria”, que recogían información para la deidad.
Al Ojáncano se le suele atribuir una naturaleza violenta y a menudo se le considera una criatura maligna y hostil, que no duda en destruir casas, cercados y establos, matar ganado, derribar árboles o incluso abrir peñas o desviar los cauces de los ríos con su fuerza brutal. Pero también se dice que existen excepciones, naciendo de cada cien Ojáncanos uno de naturaleza bondadosa, que ofrece su ayuda y protege a aquellos a quienes sus congéneres atormentan.
Como en el mito griego del cíclope Polifemo, con el que comparte muchas características, el punto débil del Ojáncano es, precisamente, que depende de su funesto ojo. Si su víctima es capaz de cegarle, es posible que consiga escapar; pero el Ojáncano también tiene otro talón de Aquiles. En su abundante y enredada barba existe un único pelo, largo y blanco, que de ser arrancado provoca la muerte instantánea del gigante.
También se dice que existe una criatura en los bosques de Cantabria que, antítesis y némesis de los Ojáncanos, protege a los pueblerinos, animales, y caminantes perdidos: la Anjana, una suerte de dama feérica de aspecto radiante y virtudes divinas, que deshace los estragos que provocan sus fieros enemigos. Pero sobre las Anjanas hablaremos en otra ocasión.
Aunque el Ojáncano es una criatura característica de la mitología cántabra tiene homólogos en sus regiones vecinas; con las que, como es natural, comparte folclore con muchas similitudes. Al homólogo del Ojáncano en Euskadi se le conoce como Tártalo, y se le atribuyen avistamientos en los montes Aitxuri y Erreniega, entre Guipúzcoa y Navarra. Antítesis de los gigantes gentiles, o Jentilak, el Tártalo era perverso y acostumbraba a devorar ovejas, niños y lugareños extraviados. Disponía de un anillo mágico que al grito de “Non hago?” (“¿dónde estás?”), impelía a sus presas a responder “Hemen nago!” (“¡estoy aquí!”), delatando su escondite. En Galicia se habla del Olláparo, que no sólo disponía de un ojo en la frente sino también de uno en el cogote; y al oeste de la costa asturiana se encuentra el Pataricu, oriundo de la legendaria isla de Eonavia, entre las desembocaduras del Eo y del Navia; que a diferencia de sus parientes del bosque frecuenta las playas y los acantilados, buscando náufragos que devorar gracias a su fabuloso olfato.
Sin embargo, y a pesar de la merecida fama del Ojáncano, puede que la maldad no sea parte intrínseca de su naturaleza. Quizás no es más que el reflejo de la incomprensión del monstruo, de la soledad del que sólo conoce el miedo y el rechazo de los demás. De una criatura más antigua, quizás más sabia a su manera, que es interpretada por sus vecinos como una bestia amenazante, que no ha conocido la compasión, o al menos, la comprensión; y que de forma instintiva responde con la agresividad que se le atribuye. Quizás, como en el relato que presentamos, su brutalidad sea el efecto del dolor por una paz que no puede alcanzar.
LA NOVIA DEL OJÁNCANO. (Manuel Llano, Rabel, 1934).
Una vez un Ojáncano se enamoró de una muchacha que guardaba un rebaño de ovejas blancas y de ovejas negras. La muchacha estaba un día bebiendo el agua pura en una fuente que manaba en una peña vestida de musgo y la peña se movió como estremecida. Levantó los ojos y vio al Ojáncanu en pie encima de la peña, con un mirar triste, mirándola y remirándola como un cristiano a una imagen de la iglesia. La muchacha se fue corriendo, dando voces a los pastores…
Otro día, cuando estaba encendiendo lumbre para templarse un poco, a la parte de allá de un espinar que estaba encima de un ribazo, la llama no pudo medrar. Cuando ardían los escajos una miaja, venía un viento por entre el espinar, y los escajos se apagaban en seguida, tan pronto como empezaban a arder. Así se encendieron y apagaron unas cuantas veces. La muchacha se levantaba y veía que no había viento, porque las hojas de los árboles y los cogollos de los helechos y de los brezales estaban quietos. Volvió a encender los escajos y pasó lo mismo que las otras veces. En cuanto ardían un poquitín venía el viento por entre los espinares y apagaba la llama. Extrañada de que sólo hubiera viento en el espinar, miró toda sorprendida y vio al mismo Ojáncanu de la peña de la fuente suspira que te suspira, como un cristiano que tiene algún dolor muy grande en el cuerpo o en el alma. Los suspiros del Ojáncanu eran el viento que apagaba la lumbre de los escajos, en cuanto empezaba a nacer. La muchacha echó a correr y volvió a dar voces llamando a los pastores.
Otra vez bajaba detrás de las ovejas cargada con un gran coloño de leña. Cuando empezaba a bajar un sendero muy resbaladizo, se encontró con que le quitaban el coloño de leña de la cabeza. Miró sorprendida lo mismo que en la fuente y lo mismo que a la vera del espinar y vio al mismo Ojáncano que tenía el coloño en la mano como un hombre lleva un palo, un rastrillo o una picaya. La muchacha, de puro miedo, no dio voces llamando a los pastores como las otras veces. Siguió detrás de las ovejas, temblando y rezando a todos los santos del cielo de Dios Nuestro Señor. El Ojáncanu la iba mirando con mucha tristeza, con el coloño en la mano. Al llegar cerca del pueblo, puso el coloño en la cabeza de la moza y se volvió al monte muy despacio, como una persona que va de mala gana a cualquier sitio.
Así fueron pasando los días. Otro atardecer bajaba la moza con otro coloño y el Ojáncano se le volvió a quitar de la cabeza y a llevarle en la mano hasta cerca del pueblo. La muchacha iba perdiendo el miedo al Ojáncano y cuando le encontraba ya no temblaba como antes, ni rezaba a los santos del cielo de Dios Nuestro Señor. En esto vino la primavera. No había día sin que el Ojáncano dejara de presentarse a la muchacha, que poco a poco fue cogiendo confianza. Al principio le veía y se iba a los pocos instantes, suspira que te suspira, como si todas las penas del mundo estuvieran metidas en su ánimo. Pero después se estaba más rato cerca de la muchacha sin dejar de mirarla y de suspirar. Cuando empezó la primavera la confianza era más grande. El Ojáncano y la moza estaban casi todo el día juntos. El Ojáncano despedazaba peñas, hacía las maldades de siempre, pero cuando estaba con la moza era bueno y pacífico. No paraba de hacerla beneficios. Él le cortaba la leña para hacer los coloños y arrancaba los escajos y las árgomas por donde ella iba andando. Si la fuente estaba lejos, el Ojáncano iba a por el agua. Si llovía, el Ojáncano escarbaba en una peña y hacía una cueva para guarecerse o ahuecaba un árbol. Los otros pastores estaban extrañados de la amistad del Ojáncano y de la muchacha.
En todos los pueblos la llamaban la novia del Ojáncano y las mozas y los mozos la aborrecían. Pero ella cada vez le tenía más apego y sentía mucha desazón en el monte cuando el Ojáncano tardaba en llegar junto a ella… Un día, a mitad de la primavera, la moza no subió al monte. El Ojáncanu la buscó por todas partes y mandó al cuervo que volara sin parar dando güeltas por encima del monte para ver si la veía con su rebaño. El cuervo voló toda la mañana, volvió al mediodía, se le posó en la nariz y le dijo que no la veía por ninguna parte. El cuervo por el aire y el Ojáncano por las cuestas no encontraron a la moza. Pasaron muchos días y la moza no aparecía en el monte.
El Ojáncano cada vez estaba más triste. Sus maldades eran más villanas y no había choza que no desbaratara. Todos los caminos los llenó de piedras muy grandes y tapó las fuentes con peñascos. Un atardecer paró a un pastor y le preguntó que dónde estaba la moza. El pastor encogido de miedo, le dijo la verdad. Los padres de la moza la habían mandado a un pueblo, muy lejos del valle, para que no volviera a ver al Ojáncano. El pastor siguió su camino muy contento de que el Ojáncanu no le hiciera mal… Al día siguiente, muy de mañana, cuando se levantaron los vecinos, todo el pueblo se quejó. Los maizales estaban destrozados, las paredes de las huertas caídas, los nogales en el suelo, lo mismo que los perales y los manzanares.
No había quedado una pared ni un árbol de fruta en pie. Toda la cosecha estaba destrozada. Cuando el sacristán fue a tocar a misa, se encontró con que habían desaparecido las campanas. Cuando el herrero abrió la fragua, vio que le habían llevado el yunque. Cuando el médico, fue a enganchar el caballo al carricoche para ir a visitar a los enfermos, se encontró con el caballo muerto y el carricoche con las ruedas partidas…
No pararon aquí las maldades. Toda la hierba de los prados estaba arrancada y pisoteada y las losas del pórtico de la iglesia hechas pedazos, lo mismo que el paredón que se había hecho hacía poco tiempo para que el agua del río no entrara en la mies. Las portillas de las tierras también aparecieron rotas, igual que el carro y el horno de los padres de la moza. Todas las mañanas se encontraban los vecinos con algún destrozo. Un día una socarreña destroza, otro día un portal con un hoyo muy grande, otro día una fuente llena de cantos, otro día un molino con las ruedas partías… Los vecinos arreglaban las paredes por el día y el Ojáncano las tiraba por la noche. Así llegó el invierno. La gente estaba sin cosecha, los soberados estaban vacíos, los pajares sin hierba. Todos los vecinos estaban entristecidos, sin tener una pizca de harina que llevar al molino. Una mañana, al poco de amanecer, toda la gente se fue llorando por los caminos con los trastos a cuestas. Unos se fueron a un pueblo y otros a otro, porque el Ojáncano enamorado no paraba de hacer mal. El pueblo se quedó solo y las casas se fueron cayendo poco a poco, hasta que todo fue como un matorral.
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Manuel Llano, nacido en Carmona, Cabuérniga, en 1898, fue un periodista y escritor criado en un profundo ambiente rural. Fue pastor desde su infancia, mientras se educaba en la escuela libre de su pueblo, Sopeña, donde no había escuela pública. Siendo adolescente, se traslada a Santander con su familia, donde ayuda a su padre, ciego, en el quiosco donde trabaja. De forma autodidacta, comienza a formarse en la Biblioteca Menéndez Pelayo y el Ateneo de Santander, mientras enlaza pequeños oficios como boticario, e incluso maestro en Reocín, trabajo que ejercía sin titulación.
En 1920 comienza a publicar artículos en varios medios de prensa escrita, como El Diario Montañés, La Voz de Cantabria o La Región; precisamente en esta última, primero en entregas y posteriormente editado como libró, publicó su primera novela, El Sol de los Muertos, una obra costumbrista elogiada como una de las más representativas de la prosa montañesa. La influencia de su tierra en su literatura es evidente. Como escribe en Monteazor, texto que publica en 1937, poco antes de su temprana muerte:
“Yo busco en el paisaje, en las matujas, en las rocas, semejanzas con la paz, con la turbulencia, con las pasiones, con los idealismos humanos. Veo en las aguas, en los lirios, en los repechos, en las llanuras, en los pedregales, en las colinas, en los callejones, algo así como frases de piedra o de vegetal, como pensamientos escritos en el polvo«.
Algunas de sus obras, como Brañaflor, Braña y Rabel, son producto de su testimonio de las leyendas y cuentos populares que recopiló a lo largo de los pueblos. Unamuno le dedicó un prólogo en Retablo Infantil (1935) en el que afirma que “Llano tiene más y mejor que el conocimiento de la lengua castellana montañesa; tiene el sentimiento de ella”. En Rabel, publicado en 1934 y donde se enmarca el relato que hemos contado, Llano hace declaración de esta voluntad de preservar estas historias de la tradición oral:
“Quiero hacer constar que no soy el autor de este libro. Este libro tiene muchos autores desperdigados en los molinos, en las majadas, en los mercados rurales, en las albarquerías, en las fraguas de las aldeas, en las mieses, en las praderas. Los autores de este libro son unos sencillos campaneros, unos pastores, unos viejecitos, unos niños, unas mozas, unos labradores. Han tocado el rabel polvoriento de sus leyendas y he escuchado sus sones fuertes, débiles, suaves, temblorosos, de viejo, de mozo, de niño, de doncella, para dárselos al mundo como un regalo del espíritu antiguo de la raza.
Yo nada más que he interpretado, lo más fielmente posible, la imagen, la fantasía, la sencillez, lo hondo y puro de la poesía de sus narraciones, el léxico y el modismo. Y puesto que ellos son los verdaderos autores de estas páginas, a ellos les dedico el afectuoso espero, el cariño y el deleite que he sentido al transcribir lo que me contaron sus voces amables en los seles y en las brañas pastorales, a la sombra de los espinos de las lindes, en los caminitos que van a parar a unas cumbres, a unas ferias, a unos molinos…”
Y es que, como demuestra en su obra, en el imaginario colectivo de Cantabria la magia de la tierra es el sustrato del que se nutren sus ficciones populares, sus cuentos, sus moralejas y analogías. La herencia cultural, pasada de generación en generación desde los rincones más agrestes de Campoo hasta las aldeas de montaña Lebaniegas, en los Valles Pasiegos, los del Saja, del Nansa o del Asón, desde la Marina y su costa quebrada hasta la Montaña, el nacimiento del Ebro y los Valles del Sur.
Porque como siempre a lo largo de la historia, en todas partes, los sueños de un pueblo nacen cuando nos reunimos en torno al fuego ante la inmensidad de la noche, y nos contamos cuentos.
ANDRÉS IGLESIAS – SUSURROS DEL NORTE.

Ilustración original: George Parker @Georgeparkerart
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