
Edad recomendada (+7)
Diciembre 1943
Texto: Omar Muñoz.
Imagen: Boeing B-17 Flying Fortress. Dominio público.
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
INTRO: La historia de la guerra es una de las grandes protagonistas de nuestro pasado y lamentablemente, parece que es algo que no ha cambiado demasiado en nuestro presente. La importancia del conflicto suele ser central en la definición de nuestra civilización, incluso desde la psicología o la filosofía, hay quienes consideran que la identidad cultural se sintetiza muchas veces a través de un término algo abstracto y complicado de delimitar. Enemigo.
¿Quién es exactamente el enemigo? Parece fácil responder a esto, el enemigo es exactamente lo opuesto a nosotros, y eso en parte nos define… Normalmente, la propaganda y la preparación bélica está pensada para deshumanizar al enemigo, considerarlo hostil y merecedor de la derrota. No obstante, en el corazón de una guerra total, cuando todo parece diseñado para destruir cualquier rastro de compasión, hay gente que se ve obligada a tomar decisiones que marcarán su vida para siempre y en ese momento duda.
Hay quienes se preparan para esos momentos concienzudamente, y especulan sobre los posibles escenarios de un hipotético encuentro con el enemigo. Pero de poco sirve teorizar desde la cómoda posición de los que viven lejos del conflicto, porque sin duda hay relatos de la guerra que escapan a la lógica de los ejércitos.
La historia de Charlie Brown y Franz Stigler pertenece a uno de esos escenarios en el que la deshumanización, incluso en el peor de los conflictos, no parece algo inevitable.
DICIEMBRE 1943.
El 20 de diciembre de 1943, el cielo sobre Bremen era un infierno de fuego antiaéreo y metralla. A 27.000 pies de altura, el teniente segundo Charlie Brown, un piloto estadounidense de apenas 21 años, intentaba mantener de una pieza su bombardero B-17, el Ye Olde Pub. La misión de la octava fuerza aérea contra una fábrica de aviones de la Focke-Wulf había salido terriblemente mal. El morro de la aeronave estaba destrozado, la torreta delantera inservible, dos motores completamente apagados y un tercero perdiendo potencia. La metralla había cortado los cables de oxígeno, y en su fuselaje había agujeros que permitían ver el interior con claridad provocando que Brown y su copiloto se desmayaran. El gigantesco bombardero entró en una barrena ciega, cayendo en picado hacia el suelo alemán. Solo el aire denso de las bajas cotas despertó a Brown a escasos 5.000 pies del suelo, permitiéndole estabilizar el avión de puro milagro.
A ras de suelo, el panorama dentro del fuselaje era una carnicería: el artillero de cola, Hugh Eckenrode, había muerto decapitado por un impacto directo, y casi toda la tripulación sangraba por heridas graves. Con el sistema de radio destruido y el avión convertido en un colador de aluminio, Brown enfiló el morro hacia el mar del Norte. Sabía que llegar a su base en Kimbolton era una utopía.
Mientras tanto, en un aeródromo cercano, el As de la Luftwaffe Franz Stigler vio pasar la silueta del B-17 y despegó de inmediato en su Messerschmitt Bf 109 G-6.
Stigler no era un fanático ideológico, sino un veterano frío de la campaña del norte de África que arrastraba el luto de haber perdido a su hermano al inicio de la guerra. En ese momento, las matemáticas militares eran claras: a Stigler le faltaban exactamente tres puntos para obtener la Cruz de Caballero, el máximo honor militar alemán. En el sistema de conteo de la Luftwaffe, derribar un bombardero pesado B-17 otorgaba precisamente esos tres puntos. Tenía la medalla a tiro de piedra.
Stigler se aproximó por la cola del avión para rematarlo, pero notar que las ametralladoras traseras colgaban inertes le hizo dudar. Decidió emparejarse a la altura de la cabina. Lo que vio a través del metal desgarrado del Ye Olde Pub lo dejó helado: hombres heridos intentando ponerse torniquetes en mitad de una cabina congelada y encharcada de sangre. En ese instante, su mente regresó a los desiertos de África en 1942, cuando su comandante en el Jagdgeschwader 27, Gustav Rödel, les advirtió con severidad: «Si alguna vez me entero de que uno de ustedes dispara a un hombre en paracaídas, yo mismo lo fusilaré. Se lucha siguiendo las reglas para conservar la propia humanidad».
Stigler pensó que disparar contra hombres indefensos se aproximaba demasiado a disparar a un paracaidista, no era combate, era un asesinato.
El piloto alemán empezó a hacer señas frenéticas con las manos a través de la carlinga. Apuntaba hacia el noreste, gritando «¡Suecia!», intentando convencer a Brown de que se desviara al territorio neutral más cercano, o al menos que aterrizara en Alemania para salvar la vida de sus hombres. Pero Brown, conmocionado, con pérdida de sangre y la adrenalina al límite, no entendía los gestos de un enemigo que inexplicablemente no disparaba. Temiendo una trampa, Brown ordenó a su artillero lateral apuntar su ametralladora de calibre 50 hacia el Messerschmitt, aunque con la instrucción estricta de no abrir fuego a menos que el alemán lo hiciera.
Al ver la torreta apuntándole, Stigler comprendió que no lograría convencerlos. Pero en lugar de marcharse, tomó una decisión que le habría costado el pelotón de fusilamiento por traición: se colocó en formación cerrada sobre el ala izquierda del B-17. Sabía perfectamente que las baterías antiaéreas alemanas de la costa no dispararían al bombardero si veían a uno de sus propios cazas escoltándolo a escasos metros. Stigler protegió con su propio avión la retirada de sus enemigos hasta cruzar la línea de la costa hacia el mar abierto. Una vez sobre el agua, Stigler miró fijamente a Charlie Brown, le dedicó un saludo militar reglamentario y viró de regreso a Alemania.
El Ye Olde Pub logró arrastrarse sobre el mar del Norte y aterrizó de emergencia en RAF Seething, la base aliada más cercana en Inglaterra. Poco después, Brown contó la increíble historia a sus superiores. La respuesta del alto mando estadounidense fue tajante: el incidente fue clasificado como Secreto de Estado. No querían que las tripulaciones de los bombarderos sintieran empatía por los pilotos alemanes. Por su parte, Stigler guardó el secreto bajo llave; revelarlo en el Tercer Reich habría significado su ejecución inmediata.
Tuvieron que pasar más de cuarenta años para que la verdad saliera a la luz. En 1986, Charlie Brown, ya retirado, comenzó a investigar de forma obsesiva para encontrar a aquel piloto desconocido. Tras publicar una carta en un boletín de la asociación de pilotos de combate, recibió una respuesta desde Vancouver, Canadá. Era Franz Stigler, que había emigrado allí tras la guerra.
En 1990 se reunieron en Seattle. No hubo reproches ni discursos bélicos. Al verse, se fundieron en un abrazo y pasaron el resto de sus vidas viajando juntos para dar conferencias sobre la humanidad en tiempos de barbarie. Su amistad fue tan real y profunda que ambos fallecieron en el año 2008 con apenas unos meses de diferencia, dejando claro que el verdadero valor de aquella mañana de 1943 no estuvo en las armas, sino en el peso de la conciencia.
OMAR MUÑOZ
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