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Para todos los públicos

La anjana

Produccion: Susurros del Norte. Texto: Blanca Canales.

Ilustración original: Blanca Canales.

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

INTRO: “En la luz del día, recorren las sendas del bosque, donde las fuentes y arroyos susurran con vida a su paso. En estas aguas cristalinas, encuentran un lenguaje secreto, que ríe y canta con su presencia. Son las guardianas de los viajeros perdidos, los pastores errantes, los animales heridos y los árboles castigados por tormentas o por las manos de los ojáncanos. 

Al llegar a los pueblos dejan tras de sí regalos, como un eco de gratitud, para aquellos que han demostrado merecerlos. Y si el corazón bondadoso clama por su ayuda, acudirán sin demora, aunque a los desobedientes les espera el severo juicio de su castigo. 

Son visibles solo para aquellos que saben mirar, caminando por los senderos del bosque, reposando junto a manantiales y arroyos. Su presencia es un bálsamo para los heridos, un faro para los perdidos y un consuelo para los que sufren, siempre prestas a tender su mano a quien lo necesite.”

La anjana (derivada de «jana», un antiguo término que designaba a las hechiceras durante la Edad Media) es un ser feérico de la mitología cántabra, conocido también como insana, xanes, xinsanes e ijiana. Las leyendas sobre las anjanas se localizan principalmente en la parte occidental de Cantabria, en la frontera con Asturias. Estos seres representan la benevolencia y son considerados las hadas protectoras de Cantabria, generosas y dispuestas a amparar a la población, en contraste con los crueles ojáncanos y ojáncanas. 

Aquellos que han tenido la fortuna de observar a las anjanas las  describen como seres de estatura diminuta, con cabello largo, ya sea rubio o castaño, que llevan suelto o recogido en largas trenzas adornadas con cintas de colores y flores silvestres, las cuales utilizan también para confeccionar las coronas que lucen en la cabeza. Su rostro es de una belleza excepcional, con piel muy blanca y ojos que pueden ser verdes o negros, cuya mirada irradia ternura y tranquilidad, transmitiendo serenidad y paz, ya que las anjanas poseen todas las virtudes imaginables. 

Se visten con delicadas túnicas de seda blanca, complementadas por una capa azul, que en invierno se torna negra. Usan sandalias, aunque algunas versiones indican que pueden ir descalzas. Portan un báculo de mimbre coronado por una estrella, el cual posee extraordinarias propiedades mágicas, permitiéndoles apaciguar a las bestias del campo con solo tocarlas. Este báculo es también el instrumento con el que realizan sus magias y curaciones milagrosas. Llevan consigo un pequeño frasco de elixir que utilizan para curar a los enfermos, y ocultan alas casi imperceptibles y transparentes que les permiten volar.

Habitan en cuevas cuyos suelos están hechos de oro y cuyas paredes son de plata, donde acumulan riquezas destinadas a aquellos que las necesiten.

Las anjanas pueden vivir hasta 400 años. Su báculo y el elixir les permiten curar enfermedades, y también poseen la capacidad de transformarse y volverse invisibles. Su naturaleza benevolente las lleva a ayudar a quienes lo necesiten, siempre que consideren que merecen dicha asistencia; de lo contrario, pueden castigar a quienes las desobedezcan.

Son reconocidas por su voz armoniosa e inolvidable, así como por su afición a cantar y bailar. Protegen a los viajeros perdidos, quienes pueden percibir su presencia por su intensa fragancia. Además, tienen la capacidad de comprender el lenguaje de los animales, a quienes protegen del ojáncano.

Un aspecto en el que todos coinciden es su afición por el canto y el baile. Su repertorio consta únicamente de dos canciones: una alegre y otra muy triste. El momento más propicio para verlas es cuando cantan, especialmente si lo hacen al amanecer o al atardecer.

Se dice que si una anjana se casa con un humano, esta perderá su belleza y juventud, convirtiéndose en una anciana, un hecho insólito entre las hadas.

El origen de las anjanas es incierto; en algunas versiones se las considera criaturas celestiales enviadas por Dios para realizar buenas obras, regresando al cielo tras 400 años, mientras que en otras son espíritus de árboles encargados de cuidar los bosques. Se alimentan de miel, fresas, almíbar y otros frutos del bosque.

En ocasiones, durante la noche, recorren los pueblos dejando regalos en las puertas de aquellos que se lo han ganado mediante buenas acciones. También se cree que las anjanas se congregan al inicio de la primavera en los altos pastos de los montes, donde danzan hasta el amanecer, unidas de la mano alrededor de un montículo de rosas que posteriormente esparcen por los caminos.

Durante el equinoccio de primavera, se reúnen a medianoche en Fuente Dé para compartir experiencias, fortalecer su hermandad, bailar tomadas de la mano y  esparcir rosas. Se dice que quien logre encontrar una de estas rosas de pétalos púrpuras, verdes, dorados o azules alcanzará la felicidad hasta el final de sus días.

Ahora haremos un viaje al corazón de los bosques cántabros para descubrir la fascinante historia de una criatura mágica: la anjana. Prepárense para una historia llena de magia, misterio y enseñanzas eternas.

LA SOLEDAD DE LA ANJANA BRANCA:

En las montañas Cántabras, el viento habla a aquellos que saben escuchar. Un día, un humano comenzó a entender sus palabras.

“– Maese Viento, ya te escucho en todas las montañas, hasta con la algarabía montañera te entiendo…

– Sí, humano, por fin tus oídos no están sordos, te ha costado, pero vas mejorando…

– Maese Viento, escucho algo… no sé qué es, es una melodía triste, muy triste, tan triste…

– Humano, estás escuchando el llanto de la Anjana Branca… escúchalo, siéntelo…”

Una canción triste resonaba en el viento, una canción de sueños rotos y soledad.

Suéñame una vez,

pues mi sueño ya se fue,

suéñame una vez,

pues mi sueño se rompió,

hazlo una vez,

hazlo aunque no sea verdad.

Pues de un solo sueño,

se respira una vez,

si la noche es larga,

el día también lo es.

El humano se dejó llevar por la tristeza de la melodía y pidió al viento que le contara la historia de Branca.

Hace siglos, una sirena llamada Branca soñaba con las montañas y la nieve. Su deseo era tan fuerte que la Luna, compasiva, ofreció convertirla en una Anjana por cuatro siglos.

“– ¿Qué te ocurre, bella sirena? Ya no eres la alegría de las olas, no eres la luz de las mareas…

– Madre Luna, siento que mi sitio es en las montañas, no aquí, quiero sentir de cerca la nieve. 

– Pues te puedo ayudar, ya sabes que yo tengo el poder mágico de las estrellas, te puedo convertir durante cuatro siglos en una Anjana y luego volverías a tu mar…”

Branca aceptó y se adentró en las montañas con su nueva forma. En su vida como Anjana, Branca se encontró con Mel, un hermoso pastor de los Picos de Europa. Se enamoró de él perdidamente, a pesar de las advertencias de sus amigas.

“– Anjana Branca, ¿qué te ocurre esta vez?

– Oh, Madre Luna, no puedo vivir… yo amo a Mel y como hada moriré de pena…

– No sabes lo que dices, Branca, eres un ser inmortal… pero si quieres amar a un humano tendrás que renunciar a tu esencia inmortal.”

Branca, impulsada por el amor, pidió a la Luna convertirse en humana, sin saber las consecuencias. Como humana, Branca se acercó a Mel, quien prometió amor eterno solo para abandonarla después. Desolada, comprendió su error.

“Mel era un hombre terrenal, su corazón era frío como el hielo y su belleza no era interior…”

Branca, ahora solo una mujer humana, subió al pico más alto para ver el mar y allí murió de dolor. Se dice que en las noches de luna llena, el llanto de Branca aún se escucha en las montañas. La Luna decretó que un corazón puro podría llevar sus restos al mar para que su espíritu descansara, pero su leyenda se ha perdido en el tiempo.

Así, la soledad de la Anjana Branca sigue flotando en el viento, recordando a quienes escuchan que el amor verdadero no siempre se encuentra donde se espera.

FRAN PASCUAL. Pisando Cumbres

Pero queridos oyentes, no todas las historias que se cuentan son tristes, las Anjanas son seres maravillosos que actúan incluso en los momentos más cotidianos y premian la bondad humana. He aquí otra historia para demostrarlo.

EL ALFILETERO DE LA ANJANA:

Un día, una anjana perdió un alfiletero que contenía cuatro alfileres, cada uno adornado con un brillante, y tres agujas de plata con un ojo de oro. Una mujer pobre, que pedía limosna de pueblo en pueblo, lo encontró; sin embargo, su alegría fue efímera, pues rápidamente pensó que, si intentaba venderlo, todos creerían que lo había robado. Sin saber qué hacer con el alfiletero, decidió guardarlo.    

Esta mujer vivía con un hijo que la ayudaba a buscar su sustento, pero un día, él se adentró en el monte y no regresó, pues un ojáncano lo había atrapado. Desolada al ver que pasaban los días sin noticias de su hijo, continuó pidiendo limosna y manteniendo el alfiletero en su bolsillo. Sin saber que su hijo estaba en poder del ojáncano, lo creyó perdido y lo lloró amargamente, siendo su único hijo.   

Un día, mientras pedía, pasó frente a una anciana que cosía. Justo al pasar, se le rompió la aguja y le preguntó:  

«¿No tendrá usted una aguja, por casualidad?»

 La mujer pensó unos momentos y finalmente respondió:

«Sí, tengo una; acabo de encontrar un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una». Se la entregó a la anciana.

Continuó su camino y se encontró con una joven muy bonita que estaba cosiendo; le ocurrió lo mismo y le dio la segunda aguja. Más tarde, se cruzó con una niña que lloraba porque se le había roto la falda de su vestido, y también le dio la tercera aguja. Ahora solo le quedaban los alfileres del alfiletero, pero poco después se encontró con una mujer joven que se había clavado una espina en el pie. La mujer le preguntó si tenía un alfiler para ayudarla a quitarse la espina, y generosamente, la pobre le dio uno de sus alfileres.

Luego, se encontró con otra joven que lloraba desconsoladamente porque su vestido se había roto, y utilizó sus tres últimos alfileres para reparar la falda, quedándose así con el alfiletero vacío. Finalmente, su camino la llevó al río, pero no había puente para cruzarlo, así que comenzó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado. De repente, escuchó al alfiletero decirle:

 «Apriétame a la orilla del río». La mujer siguió su consejo y, de repente, apareció un sólido madero que cruzaba el río de lado a lado, permitiéndole atravesarlo.

Entonces, el alfiletero le dijo: «Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame».

La mujer continuó su camino, pero tuvo la mala suerte de no encontrar casa donde poder pedir limosna y comenzó a sentir hambre.

Recordando el alfiletero, se preguntó: «¿Y si el alfiletero me da algo de comer?».

Al apretarlo, apareció en sus manos un pan recién horneado, así que, muy contenta, se lo comió mientras proseguía su camino.

Poco después, vio una casa a la que se dirigió rápidamente para pedir limosna, pero solo había una mujer que lloraba la pérdida de su hija, quien había sido llevada por un ojáncano. Compadecida, la mujer le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a su hija. Al recordar el alfiletero y sin saber por dónde empezar a buscar, lo apretó con fuerza y apareció una corza con un lucero en la frente. La corza comenzó a caminar y la mujer la siguió hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra, donde se quedó esperando.

Desconcertada, la mujer volvió a apretar el alfiletero y apareció un martillo. Tomó el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas, rompiéndola en pedazos, y descubrió la cueva del ojáncano. Entró en la cueva acompañada de la corza, y aunque estaba completamente oscura, el lucero en la frente del animal iluminaba su camino. Recorrieron la cueva hasta que, en uno de sus rincones, la mujer vio a un muchacho dormido y reconoció que era su hijo, al que el ojáncano había robado hacía tiempo. Lo despertó y se abrazaron con inmensa alegría, apresurándose a salir de la cueva con la ayuda de la corza. 

Regresaron a la casa de la mujer que lloraba por su hija, pero esta ya no lloraba, y la mujer reconoció por su porte que era una anjana.

La anjana le dijo: «Esta es tu casa desde ahora. No dejes que tu hijo vuelva al bosque sin cuidado. Y ahora, aprieta por última vez el alfiletero». La mujer lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas. Al terminar de contarlas, se dieron cuenta de que la corza, la anjana y el alfiletero habían desaparecido.

ANÓNIMO.

Estos relatos son cuentos populares de transmisión oral de Cantabria, que han viajado de generación en generación, susurrados por el viento y relatados en las noches junto al fuego. En las montañas Cántabras, donde la naturaleza y la magia se entrelazan, estas historias resuenan con fuerza, recordando a los oyentes las enseñanzas de los ancestros y los misterios del amor y el sacrificio. Estas leyendas forman parte del rico patrimonio cultural de la región, manteniendo viva la voz de la tradición y el encanto de lo mítico en el corazón de los cántabros. 

A medida que llegamos al final de nuestro viaje por el mundo encantado de las anjanas, recordemos la sabiduría que estas mágicas criaturas nos ofrecen. Las anjanas, con sus túnicas de seda y sus pasos ligeros, nos muestran la belleza que reside en la bondad y el cuidado por nuestro entorno.

Las anjanas nos enseñan que la verdadera magia se encuentra en los actos sencillos de bondad. Cada gesto amable, como ayudar a un amigo o cuidar de la naturaleza, es como plantar una semilla de esperanza y belleza en el mundo. Las rosas mágicas que ellas esparcen son un símbolo de las buenas acciones que podemos realizar cada día.

Imaginemos un mundo donde cada uno de nosotros actúe como una anjana, cuidando de nuestro entorno y de los seres que nos rodean. Cada flor hermosa que vemos, cada canto de pájaro que escuchamos, sería un recordatorio de la importancia de proteger y valorar la naturaleza. Nos moveríamos con el propósito de preservar la belleza y la vida, entendiendo que cada pequeño gesto cuenta. Las anjanas nos enseñan que la armonía con el entorno es fundamental para un futuro sostenible y que, al igual que ellas, podemos ser guardianes de la biodiversidad y del equilibrio natural.

Imaginemos un mundo donde el respeto por la tierra y sus criaturas sea la norma, y donde todos trabajemos juntos para mantener la maravilla que nos rodea.

SUSURROS DEL NORTE.

Ilustración original: BLANCA CANALES.

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