Edad recomendada (+7)

Mucha Mucha

Texto: David Arribe López.

Imagen: Inês Mota.

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

INTRO: ¿Qué pasa cuando una sexagenaria gallega que vive en Lavapiés decide buscarse compañeros de piso y termina viviendo con una stripper y un hombre con un gran secreto? ¿Cómo afectará esta nueva dinámica a la relación con su familia? ¿Los veganos son mejores personas o igual de chungos que el resto?

David Arribe López nos regala con su novela el personaje de Mucha, un universo en el que los prejuicios no sirven para nada más que para romperse y el chocolate con churros resuelve todos los problemas, menos ser del Real Madrid, que no tiene solución, ¡al menos para Mucha!

David es de Narón, A Coruña; vive en Bruselas desde 2020 y trabaja en la Biblioteca del Personal del Consejo de la Unión Europea. Vivió varios meses en Madrid donde una escena aparentemente cotidiana inspiró el personaje de Mucha y la consecuente novela. La escena: dos señoras gallegas que hablaban sentadas en un banco sobre las fotonovelas que una de ellas quería que su nuera metiera en un pendrive; David se encontró con ellas en un paseo sin rumbo fijo por Menéndez Pelayo y aunque en ese momento no pudo empezar a escribir, se guardó la idea y durante la pandemia, la rescató de su recuerdo y dio vida, no solo a esas señoras, sino a todo un elenco de personajes entrañables. Entre ellos Victoria, de estilo soez a la vez que directo, que será la mejor amiga de Mucha.

La portada del libro, y de este podcast ha sido diseñada por Inês Mota, diseñadora, escenógrafa y dibujante portuguesa.

Así se presentan la protagonista, algunos de los personajes más importantes, Urbano y Victoria, y más adelante Pepe, el bibliotecario de la biblioteca del barrio de Mucha. El propio autor, David Arribe López ha prestado su voz para narrar los siguientes fragmentos; junto con Sara Silvente i Font, como Mucha, y Beatriz G. Alberdi, como Victoria.

MUCHA MUCHA.

Escena 1:

Me llamo María del Carmen Pazos Piñeiro y me considero una persona con fortuna. Nací en un pueblo pesquero del noroeste de Galicia llamado Cedeira en 1952, así que si el cerebro no me falla eso significa que acabo de cumplir 65 años. Desde que tengo uso de razón todo el mundo me llama Mucha. Lo de María del Carmen lo dejo para las visitas al médico, para los trámites administrativos y para cuando donaba sangre, que ya no me dejan porque cuando nos hacemos viejos nos arrugamos como una pasa y se ve que nuestra materia prima ya no vale más.

Nunca fui una modelo —mido un metro sesenta— aunque de joven era muy vistosa. Los chicos siempre me querían sacar a bailar en las fiestas pero yo me hacía la loca y me iba por ahí con mis amigas. Eran un poco pesados y yo solo quería pasármelo bien. Aunque no soy muy alta no me falta de nada. Como buena gallega, me gusta comer y tengo de donde agarrar. Mis ojos son grises, como todos en mi familia, ¡y somos catorce hermanos y hermanas! Se ve que después de la guerra mis padres no sabían cómo matar las horas muertas, le daban a la cacha cuando se aburrían —y se debían de aburrir muchísimo visto lo visto— y venga, otra criatura más. Eran una pareja muy bien avenida y se querían y nos querían un montón. No recuerdo una mala palabra entre ellos nunca.

Fui la novena así que, desde muy pequeñita, aprendí a valerme por mí misma. Si no tenía un juguete, me lo hacía con lo que me encontraba. Si me entraba la gusa y no había para meterse en la boca, me iba dar *(1) un paseo y me comía la fruta del primer árbol que me cruzase. ¡Qué manzanas y qué peras más ricas me tengo comido!

Tuve la fortuna de poder ir a la escuela y aprender a leer y a escribir muy bien. Doña Lourdes, la maestra del pueblo, era una viuda de guerra sin hijos que se desvivía por enseñarnos. Para ella, éramos sus peques y nos trataba con muchísimo amor. Siempre nos decía que si descubríamos la lectura, nunca nos sentiríamos solos. ¡Y cuánta razón tenía!

Con catorce años entré a servir en la casa del médico del pueblo. Necesitábamos dinero —como dije antes, había muchas bocas que alimentar— y lo que mi padre sacaba pescando no llegaba para toda la familia. Me trataban bien, hacía mis horas y todo el mundo contento. Además, la señora me dejaba leer libros de la biblioteca que tenían, que daba gloria verla, y yo contenta como unas castañuelas. Fue gracias a este trabajo que pude sumergirme en los universos de Julio Verne, de Jane Austen, de Pérez Galdós o de Emilia Pardo Bazán.

Me pasaba los días fregando, cocinando y leyendo. Y era feliz. Muy feliz. Mucho.

Tuve varios pretendientes, pero ninguno me llamaba la atención lo suficiente como para plantearme nada con ellos. Mis hermanas mayores, que ya estaban casadas, me decían que no fuese tonta y que me casase cuanto antes, que mi vida sería mejor. Yo pasaba olímpicamente de ellas. Iba a lo mío y no molestaba a nadie. Lo que no sabían era que tenía un plan, que finalmente pude realizar unos años más tarde, en el 74: ¡marcharme a Madrid!

Conocía Madrid por lo que leyera en los libros y por las veces que pudiera ver la televisión de refilón en casa del doctor —en mi casa no teníamos todavía, solo una vieja radio que estaba pidiendo papas cada dos por tres— pero cada vez que ese nombre se cruzaba en mi camino, sabía que era mi destino. Una ciudad grande, llena de gente, de ruido, de coches por todas partes. Una ciudad con mil cosas para hacer y mil personas que conocer.

Durante ocho años y de forma secreta separé un poquito de dinero del salario y lo metí debajo del colchón, y así fue pasando el tiempo hasta que ahorré para comprarme un billete de autobús y poder pagarme un alojamiento mientras buscaba casa y trabajo. Cuando informé a mi familia de lo que iba hacer, nadie se sorprendió.

Se alguén ia deixar o pobo, esa eras ti, Muchiña. A ti este sitio quédaseche pequeno, filliña *(2)

De esta manera, unas semanas más tarde, hechas las maletas y dados los abrazos y los besos de despedida —que como os podréis imaginar fue un desafío logístico porque, como dije antes, éramos catorce hermanos— me vine para Madrid.

Me hospedé los primeros meses en un hostal muy barato en pleno centro, al lado de Atocha. En mi línea de persona afortunada, encontré un empleo como limpiadora en casa de un conocido médico ginecólogo del barrio de Salamanca en un par de días. El trabajo era duro y los patrones eran considerablemente más estirados y distantes que los de Cedeira, pero me pagaban religiosamente las horas que trabajaba y se relamían con los guisos que les preparaba, así que nos llevábamos bien. Fue en ese lugar donde conocí a Victoria, mi mejor amiga, mi comadre y una de las mejores personas que existen en este mundo. Victoria trabajaba en el mismo edificio cuidando de los hijos de la viuda de un militar que todo lo que tenía de rica lo tenía de tacaña. Empezamos a coincidir en la portería a las siete de la mañana, cuando comenzaban las jornadas de ambas, y pasamos de darnos los buenos días de forma superficial y apenas mirarnos a compartir nuestras vidas en apenas un mes. Victoria, que siempre fue muy echá p’alante, se me acercó sin más un día y empezó a preguntarme de todo: que qué tal era trabajar en la casa en la que trabajaba, que si tenía novio, que dónde vivía, que qué bolso más bonito, que dónde lo comprara;  que si cuánto llevaba por Madrid… y así todos los días, hasta que de esas preguntas surgió una amistad inquebrantable que terminaría capeando todas las tormentas y felicidades que se pueden experimentar durante más de cuarenta años siendo mujeres de clase obrera, humildes y sobre todo buenas personas.

La personalidad de Victoria fue y sigue siendo arrolladora y sin filtros. Nunca conocí a nadie que tuviese menos reparo a la hora de hablar de sexo o de cualquier asunto espinoso o delicado. Lo que se le pasa por la cabeza te lo larga y eso a mí me da la vida.

Físicamente no nos parecemos en nada: yo soy bajita y rechonchilla. Victoria, que es puro nervio, es muy delgadita y bien me saca diez centímetros de altura.

Yo soy rubia —bueno, fui rubia, ahora tengo el pelo blanco a lo copito de nieve— y Victoria es y siempre será morena, sobre todo gracias al tinte barato color chapapote que se echa cada mes. Para visualizar de qué color tiene el pelo mi amiga basta con pensar en un sofá de escay negro de los ochenta. Hay gente que dice que le queda un poco artificial. A mí me parece que está monísima.

Victoria es una gata como mandan los cánones. Sus dos padres y sus cuatro abuelos nacieron en Madrid, así que conocerla y hacerme su amiga me permitió descubrir la ciudad de la mejor manera. Casi todos los días al salir de trabajar nos íbamos dar un paseo por el centro, a mirar escaparates o simplemente a disfrutar del bullicio que había. Daba igual qué día de la semana fuera: siempre había movimiento.

Un día, más o menos un año después de mi llegada a Madrid, entramos a comernos unos churros en la Chocolatería San Ginés. Y cosas de la vida, sería allí donde conocería a mi Urbano, el hombre con el que me casaría y con quien acabaría formando mi familia.

Urbano era bastante bien parecido. Se movía con desparpajo entre las mesas y siempre tenía una sonrisa en la cara. Daba igual lo llena o vacía que estuviera la sala: él siempre te hacía sentir especial. Nos pedimos dos chocolates y seis churros para compartir, pero nos trajo ocho. Nunca olvidaré la primera frase que me dijo:

—Una chica tan guapa como tú siempre se merece un poquito más en esta vida.

Me sacó un poco los colores, aunque no me lo creí mucho porque pensaba que eso se lo diría a todas. Por insistencia de Victoria, que me dijo que notara chispillas entre los dos, regresamos a la semana siguiente y resultó que Urbano me dijo lo mismo. A la quinta visita me invitó a una fiesta. En quince meses estábamos casados.

Urbano fue el amor de mi vida, un hombre fiel y honrado, el mejor padre que mis hijos podrían tener y, sobre todo, alguien que siempre me quiso por ser como soy y nunca me pidió que cambiara.

Me llamo Maria del Carmen Pazos Piñeiro y soy una persona con fortuna.

Me llamo Maria del Carmen Pazos Piñeiro pero me podéis llamar Mucha.

Escena 2:

Llegaron al edificio de la biblioteca en torno a las seis de la tarde, así que probablemente sería Pepe el que estuviese para echarles una mano. Un par de minutos después de pasar por la puerta de la entrada, dicho y hecho, Pepe salió de la oficina y se les acercó con una sonrisa en la cara.

—¿Cómo está mi clienta favorita? —le preguntó—. Hemos recibido esta semana un par de cajas de donaciones de cómics y algunos son verdaderas joyitas. En cuanto los cataloguemos, ya sabes, te los pongo a un lado para que nos cuentes qué opinas.

—¿Todavía sigues teniéndolos a todos comiendo de la palma de tu mano?—comentó Victoria—. Ya me dirás cuál es el secreto de tu éxito con la gente, hija de mi vida, porque a mí no me aguanta ni pichi.

—Es que nuestra Mucha es… ¡mucha Mucha! —respondió Pepe sin dudarlo ni un instante—. Se hace de querer y nos hace sentir queridos. Con más personas como ella, mejor nos iría.

Era cierto que a lo largo de los años Mucha había realmente desarrollado un cariño muy especial por sus amigos bibliotecarios. Se sabía sus cumpleaños y siempre les horneaba un bizcocho o unas galletas para festejarlos: de chocolate para Pepe y Ce, de jengibre y limón para Ana. Cuando Pepe sacó finalmente la oposición y consolidó su plaza, Mucha lo celebró como si el Atleti hubiese ganado la liga, la copa del Rey y la Champions el mismo año.

—¡Gracias por los halagos, Pepiño! Pero hoy no vengo por libros, aunque luego igual le echo un ojo a la estantería de novedades. Necesitamos tu ayuda para algo especial.

—¿Mi ayuda? —dijo Pepe extrañado—. ¿En qué os puedo ayudar?

Mucha puso al día a Pepe con su proyecto de piso compartido y la necesidad de subir un anuncio en Internet. Aunque sorprendido por la petición, Pepe no dudó un momento en apoyarla y las dirigió a la zona de los ordenadores públicos. Al poco de sentarse Victoria anunció que tenía que ir al baño.

—Es que me voy de bareta pero ya. Como no apure, me cago viva aquí y ahora.

Pepe, que solo conocía a Victoria de verla con Mucha de vez en cuando, se quedó un poco perplejo ante la honestidad de la mujer.

—Pues los baños están al fondo a la derecha.

—¡Esperemos que haya papel, porque no sé yo cómo va a salir lo que llevo dentro! Mucha, ¿llevas clínex?

—Aquí tienes un paquetito de los perfumados, Vicki —le respondió sacando efectivamente un paquete sin abrir de pañuelos de papel que tenía dibujos de flores rosas y violetas—. Llévatelo todo y no te molestes en devolvérmelos. Ya si eso quédatelos.

—¡Se ve que la navidad ha llegado antes este año! —Victoria le guiñó un ojo a Pepe, que no sabía para dónde mirar durante esa conversación escatológica de sexagenarias, mientras se marchaba renqueando en busca del baño.

Escena 3:

Victoria y Mucha quedaron una tarde por la zona de Menéndez Pelayo para charlar de sus cosas y comerse unos churros con chocolate. Hacía una semana que no se veían y se les había hecho eterno a ambas, que normalmente no pasaban más de dos días sin quedar. Victoria, que estaba pendiente de un favor que su amiga le tenía que hacer, había sido la que la había llamado ese día.

—Ya le pedí a mi nuera que me metiese las fotonovelas en tu pendraif —Mucha sabía que su amiga le iba a preguntar por eso, así que fue lo primero que le dijo nada más sentarse en el banco con la taza para llevar de chocolate caliente en las manos y a punto de mojar el primer churro.

—¡Qué bien! ¡Qué ganas tengo! Con lo que me gustaba a mí leer fotonovelas cuando éramos más jóvenes. ¡Ni me acuerdo de la última vez que cayó una en mis manos! ¡Y va tu hijo y se casa con una chica que tiene una colección enorme! Por cierto, se me hace rarísimo que le llames nuera a Solexys.

—¿Y qué le voy llamar si es mi nuera?

—Ya, ya, ¡pero es que no me puedo creer que tengas una nuera! Que el chalado de tu hijo y su novia se hayan casado a los dos meses de haberse conocido porque querían tener un hijo tiene cojones. Pero que encima, en la noche de bodas, ella se quede embarazada al primer intento, manda huevos de avestruz. ¡Tu Franchi debería de vender su semillita como fertilizante para las plantas!

—¡Pero qué cosas dices, Victoria! Ellos dicen que fue amor a primera vista y que cuando se sabe lo que se quiere, esperar es de tontos. De todas maneras, tú ya sabes cómo es Franchi. Daría igual que el mundo entero le dijera que era mala idea: él tendría hecho lo que quisiese.

El sol del otoño de Madrid les estaba calentando las mejillas y los churros, recién comprados en una pastelería-cafetería al lado del Retiro, tenían el punto perfecto de fritura. Mucha todavía no había terminado de asimilar que, en unos meses, si todo pasaba como tenía que pasar, iba a convertirse en abuela. Le hacía muchísima ilusión y no podía aguantarse las ganas de ir a comprar libros para su nieto o nieta, pero Franchi le había dicho que todavía era muy pronto y que se esperase un poco, para no gafarlo.

—¿Y tú cómo estás? ¿Con ganas de ser tía abuela postiza?

—Estoy que no cago, Muchita, que no cago. Me voy a comer a ese bebé. Ejjj que…voy a ir al horno de al lado de mi casa, comprar un bollo, meterlo dentro y merendármelo. ¡Qué alegría tengo, por favor! Y buena falta me hace una alegría, porque últimamente no levanto cabeza.

Hacía un par de semanas Victoria había acudido a la revisión anual que se tenía que hacer por el tema del cáncer que había sufrido de joven. Y aunque llevaba décadas como una rosa, de esta vez le habían visto algo raro y le habían pedido más pruebas.

—Literalmente, me tiene este tema hasta el chochete, amiga. Que ya han pasado más de veinticinco años, ¿no se podría ir el cáncer a tomar por el culo? Es la relación más duradera de mi vida.

—Ya verás como al final todo queda en un susto nada más. Y sabes que aquí nos tienes para lo que necesites.

—¿Sabes lo que necesitaba? Un buen chocolate con churros con mi amiga. ¿Y dónde estoy? Comiéndome un buen chocolate con churros con mi amiga. ¡Si es que la vida puede ser maravillosa, cagoenlaleche!

Mucha admiraba la capacidad de Victoria de ser positiva hasta en las situaciones más duras del mundo. Era una persona con una fuerza digna de una novela caballeresca. Y después del último diagnóstico, quería estar cerca de ella.

Siguieron sentadas en el banco un par de horas, hablando de lo divino y de lo humano, hasta que se hizo de noche y hacía demasiado frío para estar allí paradas. Empezaron a caminar hacia la boca del metro y justo antes de que se marchase, Mucha le sugirió a Victoria si le apetecía ir a cenar a su piso. Victoria, sorprendentemente, rechazó la invitación.

—Estoy agotada. ¡Me pesan hasta las pestañas! Hoy me levanté muy pronto para ir a limpiar un portal de una amiga que tiene a la hija enferma en casa y que necesitaba una sustituta inmediatamente. Tengo que aprender a decir que no. No puedo con el alma, así que me voy para casa directa. ¡Pero si quieres me puedo pasar mañana y me invitas a comer! ¿Trato hecho?

—Venga, trato hecho. Mañana tenía pensado hacer unos calamares con arroz. ¿Te anima?

—Todo lo que tú hagas me anima siempre.

Victoria empezó a bajar los escalones para entrar en el metro y a medio camino se paró en seco, se giró y le dijo a Mucha:

—Tú sabes lo que yo te quiero, ¿no? Porque a veces no nos lo decimos lo suficiente. ¡Te quiero más que nada en este mundo! Y me pase lo que me pase, siempre estaré ahí contigo.

—Lo sé, Vicki, lo sé. Y todo va salir bien.

DAVID ARRIBE LÓPEZ.

*(1) Durante el libro se podrán ver múltiples palabras y expresiones en cursiva en el discurso de Mucha. No se tratan de errores. Una gran cantidad de gente cuya lengua materna es el gallego emplea estructuras gramaticales y términos de ese idioma cuando hablan en castellano. El libro intenta reflejar esa realidad lingüística.

*(2) Si alguien iba a dejar el pueblo, esa eras tú, Muchiña. A ti este sitio se te queda pequeño, hija.

Imagen: Inês Mota.

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