
Edad recomendada (+7)
El vampiro de mar
Texto original: Beatriz G. Alberdi.
Imagen: The Shipwreck – Joseph Mallord William Turner – 1805.
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
INTRO: Nunca sabemos los monstruos que puede traer el mundo onírico. De dónde puede sacar nuestro subconsciente para crear monstruos y mezclar lo ansiado y lo temido, para camuflar entre las olas de un mar vivo, el peor de los temores. Este es un relato basado en una pesadilla.
EL VAMPIRO DE MAR.
Estoy en el agua e intento mantenerme a flote. Al igual que los otros.
Hemos caído desde la cubierta y solo veo cabezas grises que apenas sobresalen por encima de un mar negro y embravecido. Las cabezas cubiertas por paños mojados se confunden con algunas boyas desperdigadas entre las olas. Me cuesta mantenerme a flote porque yo, llevo más peso a mis espaldas. Mi padre malherido y viejo intenta vencer la corriente y la gravedad de las profundidades, agarrándose a mis hombros.
Mientras yo, igual que los demás intento cubrirme con un pañuelo oscuro, suplicando al agua que me camufle y me deje un resquicio entre la tela y las olas para respirar. Mis piernas se mueven con fuerza, quiero vivir y salvarlo. Vivir.
Las cuerdas que unen entre sí algunas boyas se mezclan con las cuerdas rotas que han caído de la embarcación en la que navegábamos. Y ésta, flota sobre nosotros, porque así funciona la física en este triángulo marino. Y lo sabíamos… “Si la embarcación es alcanzada, no se hundirá, sino que la gravedad inversa de este trígono maldito la hará girar en el aire, dejándola suspendida con el casco mirando al cielo”- nos contaba el capitán en una cena con el resto de la embarcación.
Miro al cielo sobre el horizonte que ahora es gris y amenaza con descargar sus furiosas nubes sobre nosotros. Nos han entregado esas telas viejas en el momento antes de caer al agua por orden del capitán. “Las olas no nos serán cómplices. Si las leyendas son ciertas, cubrirse para no ser vistos es lo único que puede salvarles”
Pero, ¿por qué hemos zozobrado? Y, ¿de qué nos escondemos? El esfuerzo físico me deja una fracción de segundo para pensarlo, y casi al instante, vislumbro con pavor la respuesta. Un grito estremecedor quiebra el murmullo del viento, la embarcación y las olas. Y una de las cabezas que hace un momento respiraba, desaparece, dejando un remolino de espuma blanca y roja.
-¡Un vampiro! ¡¿Lo han visto?!- grita el ayudante de cocina. El pavor agudiza su timbre de voz, normalmente calmada y práctica del señor Wilson.
-¡No diga tonterías! – replica un pasajero, desde algún lugar que no puedo ubicar.
A mi lado el capitán dice, casi en un susurro: “Si es un vampiro, tengan por seguro que ninguno de nosotros saldrá del agua con vida”.
Otro grito confirma el mal augurio, nos petrifica un segundo bajo el agua y vemos con horror otra espiral blanca y roja en la oscuridad del mar. De repente me ensordecen los alaridos de terror de pasajeros y tripulación que nadan desesperados intentando huir de su muerte. Las cuerdas que cuelgan de la nave parecen la única posibilidad de salvación. Pero no hay espacio para todos, y el instinto de la oportunidad hace que algunos tripulantes intenten ahogar a sus compañeros de desdicha para alcanzar primero una de las cuerdas.
Yo observo a mi alrededor durante unos segundos, mientras el pánico lo envuelve todo. Me debato entre la marea infinita y una posibilidad ínfima de llegar a cubierta. Oteo el horizonte desolador y, de repente, lo veo. Una mirada me clava sus ojos negros en los míos, y siento un aguijón en mi espalda. (Terror), sé que viene a por mí, que me quiere a mí, (a mi sangre). Sus ojos negros enmarcados en una tez blanca, casi brilla en contraste con la negrura del líquido que nos cubre y la sombra bajo la que nos sume la cubierta del barco flotando sobre nosotros.
El subir y bajar de la marea lo esconde y deja de estar a mi vista. Mis músculos se tensan aún más. Necesito huir. Por mí, por mi padre. Giro hacia la cuerda más cercana. Está unida al mástil formando una liana de nudos por los que puedo subir. Sé que él está nadando hacia mí, no me queda tiempo. Venzo la corriente para sacar mis brazos de entre las olas, agarro el esparto y tiro de él, empiezo a subir pero el peso se triplica al sacar el cuerpo de mi padre del agua. No sé si podré. Dudo. Me digo que tengo que vivir. Por él. Por mí. Me ayudo de mis piernas que se apoyan en el siguiente nudo y empujo y sigo. Dos metros me separan de la superficie y otros 7 de la cubierta. Vuelvo a mirar hacia arriba, y en vez de la cubierta ansiada, sus ojos se clavan de nuevo en mi nuca. Su tez gelatinosa está apenas a un palmo de la mía. Él cuelga boca abajo agarrado a la misma cuerda por la que intento subir. Mis venas se congelan. Grito pero no me oigo, solo hay un eco en mis oídos, el de mis propios latidos rebotando con fuerza contra mis tímpanos. Una lucidez inesperada, instintiva, me hace soltarme de la cuerda y saltar al agua. Dos metros de caída que me hacen hundirme muy profundo. Mi padre sigue agarrado a mis hombros, y empiezo a sentir sus uñas en mis ligamentos entumecidos porque su propia sed de supervivencia empieza a cegarle también a él. No habla, lleva años sin hacerlo, pero su silencio ha mutado en un ronquido continuo (de pavor), sus pulmones encharcados silban y su garganta regurgita agua salada. Nado con fuerza hacia arriba, tirando de mi padre (también). Nos hemos sumergido demasiado, o eso me parece, porque no llego a la superficie, a pesar de que nado con todas mis fuerzas remanentes. Mantengo el aire en mis pulmones, que quieren colapsar, que presionan desde dentro. No aguantarán mucho sin esa calada refleja que me matará.
Y entonces sucede, siento una fuerza que me agarra la cintura, con violencia porque vence la inercia de las profundidades marinas. Y en el siguiente parpadeo de mi martirizada consciencia, me hallo inmóvil en la proa. El mar es el cielo, pero siento la gravedad en mi espalda apoyada en la cubierta. Mi padre, a mi lado, sigue con vida y yace inerte. Dirijo la mirada hacia mi propio cuerpo pero antes de llegar a él, se cruza con la suya. Esos ojos vacíos y muertos sobre el fondo gélido de piel cetrina. (Lo sé. ) Sé que no puedo escapar, que estoy a su merced. Veo las manos de mi padre, maduras y cansadas. “Déjame vivir. Necesito salvar a mi padre. Por favor”- le suplico. Lo miro dentro de esa mirada y es como si me cayera dentro, un pozo que guarda el infinito. Sus ojos se acercan a mí, los míos recorren la distancia entre ese abismo negro y sus labios, que no son más que una línea recta surcada por la sangre que cae por su barbilla.
Separa sus labios y veo los colmillos. Pienso que va a dolerme, cuando atraviesen mi piel y succionen… me estremezco, no quiero, me digo “que sea rápido”. Se hunde en mí y bebe. Mi sangre fluye a través de mis venas y yo siento que está absorbiéndome la vida. Mi corazón empieza a latir más rápido, mucho, y más débil… y cuando dejo de oírlo en mis oídos lo sé. Si no para ahora, moriré. Mi corazón se parará para siempre. Me suelta de golpe, como si hubiera oído ese pensamiento, o como si hubiera leído mi cuerpo y sentido el frío de la muerte.
Pero veo que sus manos, que se habían apoyado al lado de mis hombros, tiemblan ligeramente, apenas imperceptibles. “You taste like love”. Su voz no tiene tiempo, parece sonar desde el principio del mundo. “No es la primera vez… pero ha pasado tanto tiempo”
BEATRIZ G. ALBERDI.
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