
Edad recomendada (+12)
Doctor Alonso
Texto original: Marc Merino i Rigol.
Imagen: Ilustraciones de Marc Merino i Rigol.
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
INTRO: Hay algo en las historias de miedo que nos fascina y aterra a la vez: sus monstruos.
Y sin embargo, ¿por qué nos gusta adentrarnos en la oscuridad para encontrarlos por sorpresa?.
A veces es por necesidad: el ser humano sigue desafiando su instinto de supervivencia en pos de la ciencia. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Podemos decir entonces que la oscuridad conlleva un riesgo y que, a veces, vale la pena. La oscuridad nos espera, aunque esta quizás quiera adueñarse de nosotros.
Este es un relato escrito y narrado por Marc Merino i Rigol, con la colaboración de Sara Silvente i Font.
DR. ALONSO.
Recuerdo la adrenalina en los ojos de Andrea justo antes de entrar en la cueva. Nos había costado casi diez días llegar hasta la entrada. La aldea más cercana, la habíamos dejado atrás hacía dos días y medio, río abajo. Sin un helicóptero, era imposible encontrar algo parecido a un hospital antes de media semana.
Nos pusimos los trajes de soporte vital mientras esperábamos a que Kris acabase de montar el sistema de cuerdas y poleas que debía bajarnos al fondo. Nosotros seríamos los primeros, y después Dani y Carlos nos harían llegar los equipos de muestreo. Una vez estuvo todo listo, comenzamos el descenso. Los primeros quince metros de rappel eran sencillos. Las paredes estaban cubiertas de rimfoclastos y caspicacias, algunas de un color rojo que no había visto antes en esa familia. Más adelante, las paredes huyeron y quedamos colgando en la nada, en una oquedad tan vasta que la luz que entraba por la apertura superior no atinaba a iluminar ninguna de sus paredes. Solo al fondo se podía intuir una lámina de agua.
– ¡Treinta metros! – grité cuando se apagó la vela que había encendido antes de empezar a bajar. Hubo miradas de extrañeza. Sabíamos que, de allí en adelante, el aire de la cueva contendría unos niveles de oxígeno muy bajos y que sería imposible respirar. Nadie esperaba encontrarnos en esa situación tan pronto. Nos pusimos las máscaras de oxígeno y continuamos bajando.
El fondo estaba cubierto por un líquido viscoso. Se pegaba a las botas y dificultaba avanzar. Una vez el equipo estuvo abajo, cogimos las muestras pertinentes. Caminamos más de veinte minutos en total oscuridad antes de llegar a una de las paredes de la gran cámara. Nos quedamos anonadados. Las inscripciones parecían antiguas. Infografías indescifrables a nuestros ojos. Kris fue el primero en oírlo. Después, yo. Un sonido tan grave que apenas era audible, más parecido a una vibración en el pecho y en las mandíbulas. Andrea no llegó a oírlo. La linterna se apagó y los sistemas de soporte vital perdieron un setenta y cinco por ciento de la carga en lo que duró aquel estruendo sordo. Cuando la luz volvió, Andrea ya no estaba, solo su linterna tintineaba mientras se hundía en aquella capa viscosa. El terror nos envolvió como una tela de araña.
– Pero, ¿qué?. ¿Dónde está? – Recuerdo que balbuceó Kris, girando la cabeza desesperadamente, buscando por todas partes, antes de fijarse en la alta silueta que había a mi espalda. Entonces sentí el tacto viscoso de algo alrededor del cuello y cómo me alzaban. La criatura me elevó unos cuatro metros para dejarme a la altura de lo que interpreté que eran sus ojos. Por el tipo de bioluminiscencia que presentaba y por lo que claramente eran cromatóforos en su piel, no me cabía duda de que se trataba de algún tipo de cefalópodo. Por el rabillo del ojo pude ver cómo tenía a Kris agarrado con otro tentáculo y lo sostenía a unos dos metros de mí. Me puso frente a sí y vi cómo mudaba de forma. El tono blanquecino de su piel cambió hasta adoptar el mío. Noté su presencia en el interior de mi cabeza cuando el tentáculo apretó.
Le fue fácil imitar mi calvicie. La mata de pelo rizado de Kris, sin embargo, le resultó más difícil de adoptar cuando repitió con él la operación. Nos mató a ambos, desgarrándonos el cuello con los garfios de las ventosas.
-Pero, Doctor Alonso… ¿Qué está diciendo…? Usted…
– No conoció al Doctor Alonso, ¿verdad?. De ser así, sabría que esta no era su voz. Esa sigue siendo nuestra asignatura pendiente.
MARC MERINO I RIGOL.

Ilustración original: Marc Merino i Rigol.
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