Edad recomendada (+12)

Genti de muerti

Texto original: Vicente Ortiz.

Imagen: Licencia CC0 de www.magnific.com

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

INTRO: Allá en lo profundo del Norte de Extremadura, en las antaño aisladas e inaccesibles aldeas de las Hurdes, se dice que en las noches oscuras dos jinetes encapuchados. Un hombre, una mujer, ya ancianos,  encorvados y espectrales atraviesan los caminos a lomos de caballos blancos… Si alguien se cruza con ellos y osa preguntarles quiénes son, sólo obtendrá una respuesta… “Somos Genti de Muerti«.

GENTI DE MUERTI.

La mensajera levanta el vuelo de súbito. Apocada, hace tiempo que se olvidó de ulular. Sin embargo, el sonido del batir de sus alas apuñala la madrugada y se propaga como una epidemia sobre los campos. No deja de impresionarle el triste jadeo del anciano cada vez que sube o baja del caballo. Viejo y cansado, Sebastião carga el peso de mil vidas sobre sus hombros. El peso de mil muertes. Lo mismo que la bestia que lo acarrea, que trota pesada hasta la marchita María. Recostada sobre la tapia de pizarra, posterga el desfile. La lechuza los sobrevuela y se posa en un alcornoque cercano. Se levanta un poco de brisa fresca. El carcamal enciende el farolillo. La tétrica silueta de su estampa se dibuja recortada en el haz amarillento. Apremia con un suspiro a su compañera. Es hora. Tan decrépita como él, sorprende cómo monta sin dificultad sobre su jamelgo. Se miran sin contemplar. Por inercia. Cualquier chispa de pasión es mera utopía. El resplandor de la luna compite con la palidez de sus semblantes rugosos. Tocados con las capuchas, recolocan los faldones de las túnicas alrededor de los animales, ocultando piernas huesudas y pies descalzos. María menea la campanilla que da comienzo a la procesión de sus cuerpos replicados. Es su expiación. Los auténticos se han quedado en las camas de sus hogares. Uno a cada lado de La Raya. Catatónicos. En temporal letargo, ausentes de alma y de conciencia. Sin diagnóstico que un doctor pueda defender la falta de presencia de ánimo o que un hombre de Dios provea de un razonamiento teológico. Casos sin explicación. Ya ni a familiares les asusta que pongan los ojos en blanco o que relaten episodios surrealistas sobre un cortejo fúnebre. «Se está muriendo, pero no quiere irse y se aferra a un clavo ardiendo», dice la hija del hombre. «Se queda como muerta y luego vuelve sola en sí, diciendo disparates como que ha ido a acompañar a fulano o a mengano a la muerte», dice el marido de la mujer.

Solo son dos viejos escuálidos. Casi olvidado queda el deseo pecaminoso de aquellos encuentros clandestinos en los que se prometieron quimeras. Pobres ingenuos, tan jóvenes, casi niños que pasaron por alto que su relación nunca sería consentida. Separados, también fueron maldecidos por su mácula.

La pareja de la muerte avanza sobre bestias descarnadas que apenas emiten sonido al pisar. A veces se desvían de los senderos y evitan ser avistados por accidente. No se llevan a los vivos porque sí. Pese a su progreso pausado, atrochan por valles y laderas casi inaccesibles. Ninguno de los riachuelos que recorren la comarca interrumpe el viaje, tampoco son barrera los peñascos y barrancos que parecen cortados por el capricho de algún Dios burlón. Por eso parece que caminen más rápido.

De súbito, los animales frenan la marcha y bufan a la vez. Sacuden inquietos las cabezas cuando la brisa se convierte en un torbellino de granos de arena, hojas y polvo que revolotea a su alrededor y aúlla al filtrarse entre las ramas de los pinos. La mujer rasga la mirada y enfoca entre los huecos que separan los troncos. Estira el cuello en un intento por acercarse un palmo. Parece que la postura de sabueso que olisquea el aire es suficiente para confirmar que ya están cerca de la aldea a la que se dirigen. Toca la campanilla para alertar a su compañero, que eleva el farolillo hasta la altura de la cara. El reflejo de sus ojos parece devolver aumentada la luz de la llama. Asienten sin mirarse. Prosiguen atentos. Si algún lugareño se les cruza en el camino y osa mirarles a los ojos o preguntar cualquier insolencia, no dudarán en incorporarlo a la comitiva. Eso no salvará a la infeliz que va a ser visitada. Está marcada para comandar el cortejo de esta noche.

El manco los ha visto desde lo lejos. Es la cuarta noche que visitan la zona esta semana. Espera agazapado. Quiere asegurar que vienen en su dirección otra vez. Cambia de escondite al advertir que salen de entre los tejos para atravesar uno de los claros que los separan, aunque se guarda de no contemplar sus caras. Por eso mira de reojo, pese a la distancia y a que no tiene miedo. Lo que defendía ya no existe. La tos y las fiebres terminaron con cuanto amaba. Lo hace para advertir a los vecinos, aunque bien sabe que si la muerte viene derecha no hay escapatoria. Observa cómo la pareja hace un breve alto en el cruce de caminos y después continúa la marcha lenta hacia su posición. Se santigua y sale corriendo. No tarda en llegar a Nuñomoral para dar la voz de alarma. «¡Ya vienen! ¡Ya vienen!». Grita todo lo alto que puede. La ventolera transporta sus alaridos a cada rincón. Algunos perros ladran.

Los visitantes pasan junto a las primeras casas. Cerrojos y susurros delatan el hormigueo que se oculta bajo los tejados de lajas de pizarra. Las bestias resoplan inquietas. Tras de sí van dejando una estela gaseosa que hiede a humedad. Solo a los visitados y a los necios sabedores de que cerca desfila la parca les llegará la fetidez. Les recordará a la de una cripta o al de un putrefacto ataúd abierto con urgencia, sin esperar a que todo sean huesos.

Algunos insensatos permanecen escondidos tras los tabiques de las moradas, de espaldas a la calleja por la que avanzan los caballistas. Se orinan encima, lloran sin voz y aguantan la respiración. Los hay que están sentados en el suelo, abrazados a sus rodillas tras la puerta, pero no corren a esconderse junto al resto de la familia que encadena un padrenuestro con otro en lo más profundo y oscuro del hogar. Son sus secretos. Orgullo varonil. También a ellos les alcanza el olor de la cera que se cuela por las rendijas y se propaga como el rastro de siete cirios.

Al llegar a una plazoleta encaran la calle que asciende por la derecha. El suelo es de tierra. Encharcada en algunos recovecos en los que el agua se acumula y no sigue su curso descendente; en otros, una capa de barro cubre el miserable empedrado.

María hace sonar la campanilla con delicadeza. Es hora. No se manifiesta en ella ningún sentimiento de culpa. María no siente, solo es un ser que actúa y hace lo que tiene que hacer. Sebastião desmonta y la espera. También es otro cuerpo de singular naturaleza. Cuando ella se coloca a su vera levanta el farolillo y giran. Sus pies descalzos son ejes que rotan varias vueltas completas. No ven a nadie a quien sumar al séquito. Desisten pronto porque han fijado el destino en un desgastado portón de media hoja pintado de negro. Las túnicas roídas rozan el suelo y se impregnan de barro. Ni la lechuza que tantas veces los ha acompañado desde la distancia podría afirmar si caminan o levitan.

Es una vivienda pequeña y humilde. Dentro hay una anciana que guarda luto desde hace mucho. La llaman Juana, aunque no tiene documentos que lo aseguren. Tampoco tiene recuerdos en los que luciera ropa de colores. Incluso en su boda vistió de negro. Cuando escuchó al manco gritar se tumbó en el jergón. Sabe que ya es la hora porque su madre le contó lo del viento y el olor que ya inunda la estancia desde hace rato. No puede verlos, pero sabe que están ahí, frente a ella, esperando una mirada, una súplica. Cosas que no ocurrirán.

Sebastião y María se han materializado a los pies de la vieja. Él se acerca con la luz en ristre. Si pudiera sentir estaría inquieto, desubicado, algo nervioso porque no está siendo como otras veces. María se queda un paso por detrás. Sacude la campanilla, que parece sonar más aguda, más triste, como si entonara una cadencia de despedida. Sin embargo, a estas alturas de la procesión, Juana ya debería estar unida al cortejo e ir abriendo la marcha calle abajo.

El hombre se acerca hasta sentir el aliento de Juana en su cara. Eleva el farolillo y observa que sus ojos están cubiertos por una nube lechosa. La vieja no ve. Ese es uno de los motivos que la mantienen aún entre los vivos. Sebastião sonreiría si pudiera. Si supiera. Pero es paciente. La eternidad no conoce el tiempo ni tiene prisa, en algún momento se unirá a ellos.

Juana se incorpora. El hombre recula hasta su compañera. Es hora. Los tres lo saben.

—¿Quiénes sois?.

—Genti de muerti.

VICENTE ORTIZ.

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