
Edad recomendada (+7)
Canto triste de androide
Texto original: Lucía Cortés.
Imagen: Recurso gráfico generado con IA.
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
INTRO: ¿Cuánto hay de nosotros en la tecnología que usamos cada día?. ¿Y cuánto de nosotros dejaremos que se pierda para que lo haga un humanoide?. ¿Vaticinará la ciencia ficción la realidad igual que lo hizo Julio Verne con los submarinos y las máquinas voladoras?. ¿Podrán los androides amar de verdad y reivindicar su humanidad?.
Quién sabe… parecemos estar cada vez más cerca de un futuro no tan lejano y, por tanto, un poco más temido. En lo que sí parece haber consenso es en que el ser humano querrá crear y probablamente tengamos que competir por ello, como ya vemos con la inteligencia artificial y su suficiencia para elaborar piezas artísticas en diversos ámbitos, y como esto abre una pregunta incómoda sobre qué es ser humano y, el consecuente miedo a que, siendo tan fácilmente imitables, seamos por tanto, sustituibles.
Como dijo la autora polaca Joana Maciejewska: “quiero que la inteligencia artificial lave mi ropa y los platos para que yo pueda dedicarme al arte y a escribir, no que la IA cree y escriba por mí para que yo haga la colada y lave los platos”. Iremos desempatando a lo largo de los años, pero mientras, disfrutemos de esta historia de ciencia ficción.
El siguiente relato de Lucía Cortés reflexiona sobre una de las capacidades típicamente humanas: los sentimientos en el contexto de la crianza, y sobre cuánto de estos cederemos a estas nuevas creaciones: los robots humanoides.
CANTO TRISTE DE ANDROIDE.
Lo primero que recuerdo es un techo blanco y brillante. Los focos de luz fría se reflejaban en mis retinas sintéticas. Percibí el trabajo de los cautines en mi panel de control trasero.
“¿024, me escuchas?”.
Escucho.
“¿Percibes esto?”. Una aguja atravesó el revestimiento de silicona de mi extremidad superior izquierda.
Percibo.
“Muy bien, hemos terminado contigo”.
Subí a un transportador con mis hermanas. Éramos 300 combinaciones únicas de rasgos humanos femeninos. Los rostros de miles de mujeres celebradas como madres a lo largo de la Historia estaban condensados en los nuestros; desde la Penélope de Ítaca, a la Diana de Gales hasta la bíblica Betsabé. Cada una de nosotras contenía en su memoria 400 terabytes de conocimientos en puerperio, infancia, niñez, pubertad y adolescencia. Aunábamos las experiencias milenarias de todas las culturas conocidas y los datos recogidos y procesados por todos los modelos anteriores al nuestro. Durante nuestro ciclo de vida, nosotras también sumaríamos nuestras experiencias a la gran base de datos sobre la vida humana.
Yo, I98-024, fui destinada a un suburbio acomodado a las afueras del tercer anillo productor. El gobierno estimaba que el material genético de aquella pareja era de especial interés social y por ello habían subvencionado al ciento por ciento mi adquisición. Cuando llegué, los señores me estaban esperando. La mujer estaba en la semana 38 de embarazo. El parto estaba programado para la semana siguiente. Esperaban un varón.
Aliel llegó a casa el diez de marzo del año 2212. Pesaba tres kilos y 300 gramos. Medía 47 centímetros. Su perímetro craneal era de 35 cm. Sus extremidades eran perfectamente proporcionadas. Contaba con veinte dedos, dos orejas y dos ojos. Su boquita sonrosada no paraba de sonreír.
Como era habitual, los señores decidieron no hacer uso de sus tiempos de reposo paternal. Quedé por completo a cargo de Aliel desde que cumplió las 48 horas. Lo alimenté con leche materna sintética. Eran fórmulas especialmente desarrolladas para aumentar las capacidades de los bebés. Dormía en mis brazos adaptados. Su llanto se calmaba con el ronroneo de mis motores. Jugué más de 10.000 horas con él. Mi repertorio de pasatiempos se adaptaba y ampliaba en función de lo que más diversión le proporcionaba. Lo vi dar sus primeros pasos. Con solo 323 días, dijo su primera palabra: “Nana”. Desde ese momento, dejé de ser 024 y fui solo “Nana”. Me habían programado para amarle.
Tres años, dos meses y cinco días después del nacimiento de Aliel, la señora volvía a estar encinta. Lo supe dos horas después de la implantación del embrión debido a la presencia de gonadotropina coriónica en el ambiente.
Una semana después se presentó en casa un representante de Innovative Fertility, mi empresa desarrolladora. Yo esperaba una actualización de mis funciones para poder atender a la señora desde los primeros estadios del embarazo. Se consideraba una desventaja del modelo I98 que solo nos ocupáramos de los bebés una vez nacidos y no de la gestación. Evidentemente, había una amplia gama de sistemas que se encargaban de ello. Pero la tecnología avanzaba hacía droides menos especializados. Se buscaba un robot doméstico total para abaratar costes.
“Hola 024, ¿cómo ha ido todo por aquí?”.
“Estupendamente. Como habrá podido ver en mis reportes semanales, el niño está sano. Sus parámetros físicos se encuentran en el rango ideal para su edad. Su desarrollo cognitivo está diez puntos por encima de la media. Las tasas que muestra en creatividad, lógica y psicomotricidad son óptimas. En términos humanos, es un niño feliz”. No oculto que dije esto con orgullo. Por supuesto que los operadores de Innovative Fertility y el gobierno estaban al tanto de su desarrollo. “¿Quiere hacer la actualización aquí o debería ir a la planta?”.
“No he venido para actualizarte”.
Tras él, se ocultaba una androide con un rostro exactamente igual al mío. Sin embargo, de alguna manera ella era más esbelta, más hermosa y más nueva que yo.
“He venido a traer a I99-003. Incluye funciones ginecológicas y obstétricas”.
Aún cargaba en mis brazos a Aliel. Percibí su manita sobre la silicona de mi mejilla. Sus deditos regordetes se aferran a mi carne sintética.
“¿Nana está triste?”.
“No cariño, Nana está contenta por Aliel”. El técnico puso su mano sobre mi hombro.
“Vamos, 024, deja al niño en el suelo. Es hora de marcharse”.
Miré por última vez a Aliel. Solo le dije que siguiera siendo así de bueno. Y me alejé de la casa para siempre. Me subieron a un transportador. Repasé en mi RAM las diferentes rutinas del niño para las próximas semanas. Todo estaba en orden.
Llegué de nuevo a la planta en la que fui creada. Sabía todo lo que sucedería a continuación, pues así estaba contenido en mis instrucciones de reciclaje del producto. Aprovecharían al máximo todas mis piezas. Cualquier rastro de litio sería cuidadosamente filtrado y purificado para nuevos usos. Fundirían el titanio de la segunda capa de revestimiento para modelos de baja calidad de uso industrial. La silicona que se pudiera aprovechar sería destinada a la construcción. Mi memoria interna sería primero extraída y después formateada.
Las I99 del mundo abrazarán a los niños humanos y les cantarán nanas hasta que se duerman. La I99 que ha ido a ocuparse del nuevo bebé también sabrá lo que debe hacer con Aliel. Conocerá sus hábitos y los cuentos que le gusta escuchar. Tendrá un repertorio de juegos nuevo para fomentar su creatividad. Sabrá que cuando hace pucheros no siempre quiere decir que tiene hambre. A veces es porque se siente solo y quiere sentir el calor de nuestros termorreguladores. I99 sabrá que hay que cantarle una canción para que se coma los brotes verdes. Que no le gustan los calcetines de lana y que le dan miedo los perros androides. Sabrá todo eso porque así se lo he transmitido yo.
Abro los ojos por última vez. Mis retinas sintéticas repasan las más 30.000 horas de la vida de Aliel registradas en mi memoria. Si pudiera llorar, quizás, lloraría. Mi ciclo ha terminado. Nunca volveré a verle. Soy un modelo obsoleto, una tecnología vieja, y este es el final de mi registro.
LUCÍA CORTÉS.
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