
Edad recomendada (+12)
El enjuto anciano y su cuento
Texto original: Ismael Tellado.
Imagen: Danse Macabre, François Andriot. 1691.
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
INTRO: Tenía la voz de mi abuela grabada en algún lugar de mi memoria, rescatada de los viajes que hacíamos juntos camino del pueblo. Lo que sigue es un cuento popular alemán llamado Muerte Madrina, filtrado por el recuerdo de la historia que ella misma me contaba.
-Para mi enano, cuando llegue el momento-
EL ENJUTO ANCIANO Y SU VIEJO CUENTO, una adaptación del cuento popular «Muerte madrina».
Y allí estaban, cada uno con su cerveza, escuchando al anciano de tez pálida y porte delgado, un hombre elegante y atractivo, poseedor de unos oscuros y pesados ojos, ojos que desprendían tristeza, hundidos y realmente cansados.
Fuera, la espesa niebla borraba el rastro de la posada y la sumergía en un mundo surreal, casi onírico, donde la tenue luz rojiza que escapaba por las ventanas dibujaba extrañas figuras que se proyectaban como espectros castigados en aquella pesada atmósfera. Dentro, sin embargo, el fuego y el calor de la chimenea invitaban al descanso, a la escucha y la contemplación.
Aquel anciano conocía el secreto más preciado.
Y a la luz de las velas contó un cuento, según él, antiguo y absurdo, pero que recomendaba no olvidar.
Nosotros sabíamos muy bien y muy dentro, que aquella vieja historia no era un cuento cualquiera. Él se lo relataba a nuestras almas, y nuestras almas, embelesadas, le creían, pues estas recordaban al triste anciano y sabían de su veracidad.
Sosegado y reflexivo aquel hombre contó lo siguiente:
Había una vez, hace ya mucho tiempo, un campesino que vivía en un remoto y pequeño pueblo, cerca del valle del viento. Era un hombre justo que poseía una innata erudición, una sabiduría que no había sido otorgada ni por libros ni maestros, sino por el cielo, el trabajo y la tierra.
A este rústico pueblerino, que estaba a punto de ser padre, le preocupaba mucho que su hijo no fuera una persona justa y quería hacer todo lo posible porque lo fuese, pues él, conocedor y cansado de las grandes injusticias del mundo en el que vivía, soñaba que algún día estas, desapareciesen por completo.
Estando una noche con su abuela, la más longeva de toda la comarca, y hablando de su bisnieto, la anciana le comentó:
– Si quieres que el pequeño sea justo, hijo mío, hasle de procurar a la criatura, la madrina o el padrino más justo que encuentres, pues tu hijo, a ellos se le parecerá.
Al día siguiente el noble labriego, mientras caminaba de vuelta a casa con los animales, meditaba en las palabras que su abuela le había dicho aquella noche y mientras lo hacía se encontró con un hombre sereno, tranquilo, sentado al borde del camino en una piedra, el cual mirándole fijamente le dijo:
– Buenas tardes, viejo amigo, ¿Cuál es el problema que pesa en tu interior?.
– Pues verá señor – respondió de forma inconsciente –. Busco un padrino justo para mi hijo.
– No busques más amigo mío, aquí estoy. Yo soy Pedro, de Galilea, y yo tengo las llaves del cielo, de una forma justa, yo decido quien puede entrar en la tierra prometida.
A lo que el campesino, sin titubear contestó:
– ¿Justo tú, que le cierras la puerta a personas que han cometido insignificantes pecados y separas a los hombres en buenos y malos?. ¿Justo tú, que desprecias a personas de otras religiones y pudiendo ayudar a tus hermanos nunca has sido tolerante?.
Nada más acabar de formular aquellas preguntas, la serena entidad desapareció.
Siguiendo su camino y pasando el cruce que lleva al monasterio, se encontró con un hombre, de cara afilada que sonriendo le dijo:
– ¡Aeie! Veo en tus ojos que necesitas algo, ji-ji-ji. ¿Por qué no me lo cuentas?.
El campesino, que seguía reflexionando en el tema dijo:
– Señor, busco un padrino justo para mi hijo, que está por nacer.
– Pues tu búsqueda ha terminado, ja-ja-ja, yo seré, pues soy el Diablo, amigo, Satanás si lo prefieres y de una forma justa condeno al infierno a todas las asquerosas almas, basuras de la humanidad. Soy justo sin más, –respondió aquella extraña criatura mirándole a los ojos y sonriendo.
Asustado por aquella oscura presencia, y en un acto de auténtica valentía dijo:
– ¿Justo tú, que condenas al castigo eterno a muchas almas buenas por crímenes que cometen en contra de su voluntad?, ¿justo tú, que a ingenuas criaturas incitas al pecado y que en vida no tienen nada más que poder perder?.
Un vapor con olor a azufre apareció y el misterioso personaje se esfumó sin dejar más rastro que el del olfato.
Ya cruzando la montaña y en lo más alto de la colina, ante él apareció un hombre anciano, de gran estatura y larga cabellera, su prominente barba blanca era mecida por el viento y ataviado con una túnica de un blanco impoluto le dijo:
– Cuéntame tus penas, buen hombre, pues a mí no me las puedes ocultar.
El campesino, impresionado con aquel ser de luz contestó:
– Pues verá señor, estoy buscando un padrino para mi hijo, y necesito el hombre más justo del lugar.
– Tranquilo, descansa, pues yo soy el justo, Dios, y a tu hijo en mis manos puedes dejar–. Respondió de una forma reposada.
El campesino solo pensaba en el bien de su hijo, por esa razón contestó lo siguiente:
-¿Justo tú, que has creado o permitido la desigualdad?. ¿Justo tú, que has hecho ricos a unos y pobres a otros?. ¿Justo tú que nunca escuchas las plegarias de quien lo necesita y otorgas enfermedades a personas solo por nacer?.
El anciano blanco, cabizbajo, se fue, y en todo el pueblo empezó a llover.
Fue llegando ya a casa, muy mojado, cuando bajo un árbol y cerca de un gorrión muerto, se encontró con una persona muy delgada que a su paso le preguntó:
– ¿Necesita ayuda?.
– No, tan solo busco un padrino justo que darle a mi hijo–. Respondió cansado.
– No es lo mío, pero yo me ofrezco, si usted quiere. Yo soy la Parca, la muerte, y cuando llega la hora, buen hombre, me llevo a todos por igual.
El campesino, que pensaba que ya no encontraría ningún padrino le dijo:
– Nunca lo hubiese imaginado, pero de todos los que me he encontrado, y a pesar de que muchas veces de forma prematura te los lleves, es usted, con diferencia, la más justa que hay.
Y así fue como la muerte, por primera vez, fue madrina, y fue una madrina ejemplar. Le regaló los primeros zapatos a su hijo, y esta lo visitaba y le agasajaba tanto en el día de su santo como en su cumpleaños.
Un buen, mientras trabajaba, la muerte se le apareció al humilde labriego y le dijo:
– Me apena que el único compadre que tengo en mucho tiempo sea tan pobre, por eso he decidido que te voy a ayudar. Te daré esta pequeña poción, inocua, y tendrás el poder de saber si una persona vivirá o morirá, no por el brebaje, sino porque tú me verás en la cama del moribundo, cuando esté a los pies de su cama le darás una gota y este no morirá, en cambio si estoy en la cabecera, me lo llevaré.
El campesino logró ganar alguna moneda con la ayuda de la vetusta pócima y de su amiga la parca.
Su habilidad pronto se hizo notoria y su fama empezó a aumentar.
Una mañana el mismísimo Rey apareció en su vieja morada, demandando ayuda para su hija, enferma desde hacía varias semanas, a la que ningún médico de la corte encontraba solución. El monarca prometió una cuantiosa recompensa por la salvación de su heredera, tanto oro como el campesino no había soñado jamás.
Estando ya en la habitación de la princesa, el campesino observó que la muerte se encontraba en la cabecera de la cama y cegado por la avaricia giró la cama, dejando a la muerte a sus pies. Luego dio el brebaje blanco a la enferma, y la pequeña en un par de días estaba totalmente recuperada. Un milagro.
De campesino pobre a noble adinerado.
Pasadas siete noches del “milagro” de la princesa, la muerte, de nuevo le visitó. Habló con el campesino, preguntándole si quería conocer su morada. El campesino, que siempre había tenido mucha curiosidad por ver cuál era la morada de la muerte, le dijo que le acompañaría.
No se sabe si en un sueño, pero ambos caminaron, caminaron por sendas que nunca se habían pisado, atravesaron desiertos de arena blanca y lluvia roja, bosques con árboles invertidos, montañas que se hundían en los abismos y ríos que llevaban los anhelos de los hombres.
Al final del camino llegaron a una fuente, la fuente de la memoria. Con un susurro de la parca el agua bajó y al descubierto quedaron unas viejas y húmedas escaleras por las que descendieron.
Aquella sala era de una belleza indescriptible, de un tamaño colosal pero con una decoración muy austera. Las paredes de mármol contaban con infinitas oquedades y dentro de ellas infinitas velas de aceite, algunas muy luminosas, otras no tanto.
La muerte le explicó, que las velas son la vida que le queda a las personas y cuando se apagan, su vida también lo hace. Le enseñó la de su hijo, que brillaba y chisporroteaba con muchísima energía.
–¿Ves esta vela? –le dijo– Esta es la vela de tu hijo, tiene una luz increíble, todavía es largo y próspero su tiempo, sin embargo, ¿ves esta otra? Esta sin embargo se apagará enseguida, y siento decir que es la tuya. Cuando decidiste darle la poción a la hija del rey, tuve que coger el aceite de otra vela, y lo más justo fue coger el aceite de la tuya.
Fue en ese momento cuando el campesino comprendió que la avaricia de su acto había acortado su vida drásticamente.
Estaba triste porque dejaba a su hijo, triste porque su alma había sido corrompida y ahora, cuando menos quería, le tocaba pagar.
La muerte siempre es justa. Los hombres no.
El triste campesino se derrumbó al instante y la vela se apagó.
La leña crepitaba en la chimenea, todos bebíamos y reflexionamos tras el cuento y en la posada se hizo un silencio sepulcral.
Aquel delgado y elegante anciano, antes de salir por la puerta habló con Roberto, recomendándole que se despidiese de su familia y sus amigos, pues en 7 días, él mismo, lo vendría a buscar a la posada, donde siempre.
También le comentó que serían muchos los que le recordasen, había dejado un legado inmortal…
ISMAEL TELLADO.
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