Para todos los públicos

Igosha

Traducción: Caridad Carnero Jurado. Relato original: Vladímir Odóyevski

Imagen: Retrato de Vladimir Odoevsky por A.Pokrovsky.

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

INTRO: Los cuentos populares rusos están ligados a la mitología eslava, transmitidos oralmente durante siglos, y escritos por algunos de los más importantes autores rusos. Uno de los más representativos es Aleksander Afanásiev que en el siglo XIX recorrió las aldeas del extenso territorio para llevar a cabo la recopilación más amplia de cuentos. Así se evitó que esta parte fundamental de la sabiduría popular se extinguiera. Los temas de los cuentos  versan entre hadas, demonios, brujas, diversas deidades y presencias de la naturaleza y del hogar, que buscan prevenir o enseñar sobre modales o tradiciones.

Los temas de los cuentos  versan entre hadas, demonios, brujas, diversas deidades y presencias de la naturaleza y del hogar, que buscan prevenir o enseñar sobre modales o tradiciones.

Una de estas presencias y de la que tratará este relato es el llamado Igosha, escrito por Vladímir Odóyevski.  La figura de Igosha (Игоша) no pertenece al grupo de espíritus folklóricos rusos —como el domovói (espíritu doméstico) o el leshi (espíritu del bosque)—, pero se inscribe en un conjunto de creencias populares muy extendidas en el mundo eslavo oriental (Rusia, Ucrania, Polonia…), relacionadas con los niños muertos prematuramente, nacidos con malformaciones o fallecidos sin haber recibido nombre o bautismo.

Vladímir Odóyevski, en la segunda versión del cuento «Игоша», incluida en Пёстрые сказки, Cuentos variopintos (y publicada en 1833) nos ofrece un relato que evita deliberadamente una explicación clara sobre esta entidad: Igosha puede entenderse tanto como un ser surgido del folklore doméstico como una manifestación de la imaginación, la culpa o el miedo infantil. Esta ambigüedad es central en el cuento y coherente con la tradición popular de la que se nutre.

El relato ha sido amablemente traducido del original en ruso por Caridad Carnero Jurado, así como parte de la explicación de la importancia de la obra.

Del libro Cuentos variopintos extraemos además la siguiente reflexión de su autor:

En esta difícil situación, he decidido recurrir a usted, estimado lector, porque, sin ánimo de halagarle, sé que es usted una persona amable y culta y, además, no tiene ningún medio para obligarme a callar; lea, no lea, cierre o abra el libro, las letras impresas no dejarán de hablar. Así que, lo quiera usted o no, escuche: y si le gusta mi relato, no me faltarán ideas y hablaré con usted hasta el fin de los tiempos.

RELATO: Recuerdo que estaba sentado con la niñera en la habitación infantil; en el suelo había una alfombra, sobre la alfombra había juguetes y entre los juguetes estaba yo. Sin previo aviso, se abrió la puerta. Miré, esperé; no había nadie.

—¡Nyanya! ¡Nyanya! ¿Quién la ha abierto?

—¡El que no tiene brazos ni piernas lo hizo, pequeño!

Aquella idea se quedó grabada.

—¿Cómo que sin brazos ni piernas, Nyanya?

—Bueno, es bien sabido —respondió la niñera— que es manco y cojo.

Sus palabras no me bastaron. Cada vez que se abría una puerta o una ventana, corría enseguida a mirar si aquel ser estaba allí. Por muy escurridizo que fuera, seguro que lo habría atrapado si mi padre no hubiera regresado de la ciudad trayendo consigo unos juguetes nuevos que me hicieron olvidar por un tiempo a aquel ser.

¡Todo era alegría y diversión! ¡Saltaba! ¡Me encantaban los juguetes! La niñera los colocaba en fila sobre la mesa cubierta con un mantel, diciendo:

—No los rompas. Juega con cuidado, pequeño.

Sonó la campana para cenar. Corrí al comedor justo cuando mi padre estaba contando por qué había tardado tanto en volver.

—Se rompían todas las correas —dijo—, y si no eran las correas, el cochero perdía el látigo; y si no era eso, la yegua se lastimaba la pata, ¡una desgracia tras otra! Cuando parábamos en el camino, pensaba: «¿Será por culpa de Igosha?»

—¿De qué Igosha hablas? —le preguntó mi madre.

—Pues escucha: en el cruce me detuve para dar de comer a los caballos; estaba helado y entré en la isba (изба, cabaña de madera) para calentarme; dentro había tres cocheros sentados a la mesa, y sobre la mesa había cuatro cucharas; cuando cortaban el pan, ponían una rebanada extra junto a la cuchara; si pedían un pastel, arrancaban un trozo adicional…

—¿A quién se lo dejan, sin duda, a un compañero, buenos muchachos? —les pregunté.

—No es para un compañero —respondieron—, sino para un mozo que no soporta las ofensas.

—¿Y quién es él? —pregunté.

—Es Igosha, señor.

Aquel Igosha me intrigó y comencé a interrogarlos.

—Escuche, señor —me respondió uno de ellos—: el verano pasado un compatriota nuestro tuvo un hijo; el pequeño estaba muy enfermo. Nació sin brazos ni piernas, con lo justo para vivir. Ni siquiera nos dio tiempo a buscar al cura. Había exhalado su último aliento antes de la hora de comer. Dios lo tenga en su gloria. Lloramos, lo lamentamos y entregamos al bebé a la tierra. Pero desde entonces todo ha cambiado para nosotros… Sin embargo, Igosha, señor, es un niño bueno: cuida de nuestros caballos, les trenza las crines, se acerca al cura para que lo bendiga; pero si no se le pone una cuchara de más en la mesa o el cura no le da una bendición extra al salir de la iglesia, Igosha se pone a hacer travesuras: vuelca la artesa (квашняartesa grande para amasar pan o masa fermentando) de la mujer del sacerdote o tira los guisantes de la olla; y a nosotros nos rompe alguna herradura o le quita la lengüeta del cencerro… cualquier cosa puede pasar.

—¡Vaya! Veo que Igosha es un granujilla —dije—. Entréguenmelo y, si me sirve bien, le daré una buena vida e incluso le asignaré una ración de comida.

Cuando los caballos descansaron y yo entré en calor, me senté en el trineo y partí. No habíamos recorrido ni una verstá (Verstá original en cirílico es верста. Era una antigua medida rusa que equivale aproximadamente a un 1,06km) cuando se soltó la cincha; luego se rompieron las correas y, por fin, se partió el eje por la mitad. Perdimos dos horas enteras. De verdad, cualquiera pensaría que Igosha se había encariñado conmigo.

Así hablaba mi padre; no me perdí ni una sola palabra. Pensativo, fui a mi habitación, me senté en el suelo, pero los juguetes no me entretenían: no dejaba de pensar en Igosha.

Me di cuenta de que la niñera había salido un momento. De repente, la puerta se abrió; como de costumbre, quise levantarme de un salto, pero involuntariamente me quedé quieto cuando vi que entraba en mi habitación, saltando, un hombrecillo con una camisa de campesino y el pelo rapado al cero.

Sus ojos brillaban como carbones encendidos y su cabeza giraba sin cesar sobre un cuello delgado. Desde el primer momento noté algo extraño en él, lo miré más detenidamente y vi que el pobre no tenía ni brazos ni piernas y que saltaba con todo el torso. ¡Qué lástima me dio!

Vi que aquel ser se dirigía directamente a la mesa donde tenía mis juguetes alineados, se aferró con los dientes a un mantel y tiró de él como un perrito; mis juguetes se esparcieron por el suelo: el cachorro de porcelana se hizo añicos, al tamborilero se le salió el tambor, al carrito se le salieron las ruedas…

Me quejé y grité con todas mis fuerzas:

—¡Eres malo! ¿Por qué has tirado mis juguetes, diablillo? ¡Y ahora qué me dirá la niñera! Dime, ¿por qué lo has hecho?

—¿Por qué? —respondió con voz débil—. Para esto —añadió con voz grave— tu padre les hizo guantes de fieltro a todos en la casa, y a mí, pequeño como soy —volvió a decir con voz apagada—, no me ha hecho ninguno; y ahora yo, pobrecito, tengo frío: fuera hay heladas, hielo, y se me entumecen los dedos.

—¡Ay, pobrecillo! —dije al principio, pero luego, pensándolo mejor—: ¿Qué dedos, granujilla, si ni siquiera tienes manos? ¿Para qué quieres guantes?

—Para esto —dijo con voz baja—, para que, viendo que tus juguetes están hechos pedazos, vayas y le digas a tu padre: «Papá, papá, Igosha, me rompe los juguetes y pide guantes, cómprale guantes». Luego cogerás y los tirarás por la ventana.

El travieso no tuvo tiempo de terminar cuando la niñera entró en mi habitación; el hombrecillo no era ningún tonto. En un instante se había esfumado.

La niñera me dijo:

—¡Ah, es usted un revoltoso! ¿Por qué ha tirado los juguetes? No se le puede dejar solo ni un minuto. Ya verá lo que dice su madre…

—¡Nyanya! No fui yo quien tiró los juguetes, de verdad, fue Igosha…

—¿Igosha, pequeño? ¿Acaso te inventas cosas?

—Él sin brazos ni piernas, niñera.

Mi padre vino corriendo al oír los gritos, le conté todo lo que había pasado y se echó a reír.

—Toma, te daré unos guantes y dáselos a Igosha.

Y eso fue lo que hice. Apenas me quedé solo, el hombrecillo se me apareció, pero ya no con camisa, sino con un abrigo corto.

—Eres un buen chico —me dijo con su vocecilla— gracias por los guantes; mira, me he hecho un abrigo con ellos. ¡Mira qué bonito!

Igosha empezó a dar vueltas de un lado a otro. Fue hacia la mesa, donde la niñera había dejado su preciada tetera, unas gafas, una taza sin asa y dos terrones de azúcar. Volvió a agarrar el mantel y tiró de él.

—¡Igosha! ¡Igosha! —grité—. Espera, no lo hagas. Una vez me ha salido bien, pero la segunda vez no me creerán. Mejor dime, ¿qué necesitas?

—Pues esto —dijo con voz grave—: sirvo a tu padre con lealtad y sinceridad, no hago nada peor que los demás sirvientes, pero a todos ellos tu padre les ha comprado botas para las fiestas, y a mí, pequeño, —añadió con voz frágil— ni siquiera me ha dado unas botitas. Durante el día el patio está húmedo y por la noche hiela y se me enfrían los pies…

Y con estas palabras tiró del mantel: la preciada tetera de la niñera cayó al suelo, las gafas se salieron del estuche, la taza sin asa se rompió y un terrón de azúcar rodó por el suelo…

Entró la niñera y volvió a regañarme; yo señalaba a Igosha y ella se enfadaba conmigo.

—¡Papá, él sin piernas pide botas! —grité cuando entró mi padre.

—Basta —dijo papá—. Una vez pasa, pero no una segunda… acabarás rompiendo toda la vajilla. Ya es suficiente de hablar de Igosha, al rincón.

—No temas, no temas —me susurró alguien al oído—, no te delataré.

Llorando, me dirigí a la esquina. Miré: allí estaba Igosha; en cuanto mi padre se daba la vuelta, el diablillo me empujaba con la cabeza en la espalda hasta que acababa en la alfombra entre los juguetes, en medio de la habitación. Mi padre me mandó al rincón otra vez; se daba la vuelta e Igosha me empujaba de nuevo.

Mi padre se enfadó.

—¿Me desobedeces? —dijo—. Ahora mismo al rincón y no te muevas.

—Papá, no soy yo… es Igosha el que me empuja.

—¿Qué tonterías estás diciendo, sinvergüenza? Quédate quieto o te ataré a la silla todo el día.

Me hubiera gustado quedarme quieto, pero el hombrecillo no me dejaba en paz; me pellizcaba, me empujaba o me hacía muecas tan graciosas que rompía a reír. Para mi padre, el hombrecillo era invisible.

—Espera —dijo enfadado—, ahora veremos cómo te empuja Igosha.

Y con esas palabras me ató las manos a la silla.

Pero el travieso ser no dormía. En cuanto mi padre se dio la vuelta, se acercó y comenzó a tirar de los nudos de la cuerda con los dientes, deshaciendo el nudo. No pasaron ni dos minutos y ya estaba de nuevo en la alfombra entre los juguetes, en medio de la habitación.

Me habría ido mal si no hubiera llegado la noche; por desobedecer, me acostaron antes de lo habitual, me taparon con una manta y me mandaron dormir, prometiéndome que, además, al día siguiente me encerrarían solo en una habitación vacía.

Por la noche, tan pronto como la niñera enrolló sus bucles en plomo, se puso una cofia de percal, un camisón blanco de algodón fino, se alisó las sienes con una mecha de vela, quemó incienso y se puso a roncar. Salté de la cama, cogí las botas de la niñera y las arrojé por la ventana, diciendo en voz baja:

—Toma, Igosha.

—¡Gracias! —me respondió una vocecita desde el patio.

Por supuesto, al día siguiente no encontraron las botas. La niñera no podía explicarse adónde habían ido a parar.

Mientras tanto, mi padre no olvidó su promesa y me encerró en una habitación vacía, tan vacía que no había en ella ni mesa, ni silla, ni siquiera un banco.

—Veremos —dijo mi padre—, qué va a romper aquí Igosha. No, amiguito, es el momento de madurar y dejar las travesuras… Es hora de estudiar. Ahora quédate aquí sentado y, dentro de una hora, ponte con la cartilla escolar.

Y con estas palabras mi padre cerró las puertas con llave. Durante unos minutos estuve en completo silencio, escuchando ese extraño sonido que se oye en el oído cuando hay un silencio absoluto en una habitación vacía. Pensé en Igosha. ¿Qué estaría haciendo con las botas de la niñera? Quizás está saltando sobre la nieve lisa y levantando los copos.

De repente, la ventana se cerró de golpe, se rompió, resonó e Igosha, con una bota en la cabeza, empezó a saltar por mi habitación.

—¡Gracias! ¡Gracias! —gritó con voz chillona— ¡Qué gorro tan bonito me he hecho!

—¡Ay, Igosha! ¿No te da vergüenza? Te conseguí un abrigo y te lancé unas botas por la ventana. ¡Y tú solo haces que meterme en líos!

—¡Ah, ingrato! —gritó el hombrecillo con su voz profunda—. ¿No te sirvo yo acaso? —añadió con voz apagada—. Te rompo los juguetes, hago pedazos las teteras de la niñera, no te dejo quedarte en el rincón, desato las cuerdas; y cuando ya no queda nada, destrozo las ventanas; además, te sirvo a ti y a tu padre por honor, no recibo la comida prometida, y tú aún te quejas de mí. Con razón se dice que los hombres son la creación más desagradecida. Adiós, hermano, no me guardes rencor. A tu padre le ha visitado un alemán de la ciudad, un médico, que le ha convencido para que te castigue estudiando la cartilla escolar y me insiste en que le sirva; ya le he roto algunos frascos, y esta noche, después de cenar, arrojaré su peluquín debajo del billar, a ver si así es más agradecido que tú.

Con estas palabras desapareció mi Igosha y me dio pena.

Desde entonces, Igosha no volvió a aparecer ante mí. Poco a poco, los estudios, el servicio y los acontecimientos cotidianos alejaron de mí incluso el recuerdo de ese estado semisomnoliento de mi alma infantil, en el que el juego de la imaginación se fundía de manera tan maravillosa con la realidad; ese proceso psicológico se volvió inaccesible para mí; las condiciones en las que se producía fueron destruidas por la razón; pero a veces, en el momento del despertar, cuando el alma regresa de otro mundo en el que vivía y actuaba según leyes que aquí desconocemos, y aún no ha tenido tiempo de olvidarlas, en esos momentos, el extraño ser que se me apareció en la infancia renace en mi memoria, y su aparición me parece comprensible y natural.

CARIDAD CARNERO JURADO. (Relato de Vladímir Odóyevski)