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Las legítimas aspiraciones de un duende inquieto

TEXTO ORIGINAL: Lince Toscano. (Intro de Beatriz G. Alberdi)

Imagen: Lince Toscano

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

INTRO: La figura del duende está presente en diversos mitos alrededor del mundo. Sus orígenes podrían remontarse a una tradición pagana del Imperio Romano que consistía en tener una pequeña deidad llamada lar o genius loci que protegía la casa y a la que se rendía culto con ofrendas de miel, vino, flores o incienso. En una Europa más moderna tienen su base en la mitología celta, nórdica y germana, teniendo todos ciertas características parecidas aunque con sus peculiaridades según el folclore tradicional de cada país. Además, posee distintos nombres según su nacionalidad: kobold en Alemania, domovik o domovoi en las naciones eslavas, leprechaun en Irlanda, goblins en Inglaterra, Lutin en Francia, mazapégul en Italia, trasgos en el norte de España… sus nombres son numerosos y cuanto menos dispares. Sin embargo tienen en común que el imaginario colectivo asocia a los duendes con seres mágicos que pueden habitar en la naturaleza (en bosques y montañas) o en los hogares, y que su humor cambiante y travieso puede tanto ayudar como perjudicar a los humanos que habiten su guarida. Si buscamos en la etimología de la palabra “duende” nos lleva a “duen o dueño de la casa” o “duar de la casa” en árabe, que significa “que habita” o “habitante”. El siguiente relato nos presenta uno de estos duendes hogareños que, sin embargo, y rompiendo con una sus atribuídas características no parece estar muy contento en casa ni con sus compañeros de hogar. 

LAS LEGÍTIMAS ASPIRACIONES DE UN DUENDE INQUIETO: Debo empezar por aclarar que, por si no me estáis viendo o, si me estáis viendo, pero lo vuestro no es el don de la observación, yo soy un duende. Soy bajito, ágil, llevo un chaleco y un gorro de punta rematado en una borla, pero a diferencia de la mayoría de los duendes que van de rojo y verde, yo no. Me tejió una abuela daltónica que no quiso arriesgar y me hizo con blancos y grises y una banda azul clara, eso sí, estoy hecho de lana fina merina, que uno tiene clase. Tengo más años que la tos, mis blancos ya han amarilleado algo, el gris ha perdido brillo y se ha vuelto pardusco y el azul es el que se ha agrisado. En un momento llegué a pensar que mi mejor época ya había pasado y que estaba destinado a ser relleno de almohada, pero no depuse mi esperanza.

Me ficharon en un mercadillo benéfico para sustituir al colega de un rojiverde que había sido despedazado por el gato de la casa y sus jirones los enterró en el cajón de arena, (puagg). Trabajo un mes escaso que me divierto escondiéndome y apareciendo cada día en un sitio distinto, permaneciendo agazapado hasta que las peques de la casa dan conmigo y llaman emocionadas a sus padres.

Mi compañero de trabajo es un aburrido, tiene muy poca conversación, y eso siendo bueno, que es Navidad, si no, os diría que es un auténtico monigote. Pensé que estaría triste porque se había quedado sin su amigo, le dije que lo sentía mucho y todo lo que me dijo (y no me ha dicho más en todo este tiempo) es que era un payaso y que se lo había buscado. Cero en empatía y diez en apatía: sólo espera que se acabe el mes de trabajo y tirarse de vacaciones el resto del año en una caja en el trastero: además de aburrido, es un vago.

Ah, y por si fuera poco, maniático. Se pone inaguantable cuando se vuelca algún tarro y se desparraman las legumbres. Si son garbanzos y hay alguno negro, las palabrotas que profiere escandalizarían hasta en la taberna más sórdida. Por supuesto, recogerlo, no lo va a recoger él, te monta el pollo para que lo recojas tú.

Vago, huraño, mala persona y maniático, una joya de colega. Puede que por eso Vanna, la mayor, haya notado algo y me haya tomado más cariño a mí. Mira que le han dicho que no se puede tocar a los duendes, por un oído le entra y por otro le sale. Me lleva con ella al cole y a dormir.

En la cama me coloca junto a otros tres peluches: una jirafa, un oso policía y un caracol. Después del Jesusito de mi vida y las cuatro esquinitas, cuando las niñas se duermen empieza la partida de mus. Jugamos casi a oscuras porque el piloto de luz alumbra menos que el pedo de una luciérnaga, pero nos echamos unas risas. Salir de la casa es más arriesgado, no siempre la niña consigue su propósito y la muchacha que las lleva al colegio, Emilia Paula, me incauta de la mochilita de la nena y me mete en su bolso. La mochila de Vanna es entrañablemente predecible: unos cuadernos, un libro de lecturas, el estuche de las pinturillas, una fiambrera pequeña… el bolso de Emilia Paula en cambio, ¡eso sí es la cueva de las sorpresas!, me he topado con cosas que vosotros no creeríais…

Una de las veces me acomodé junto a un sobre grande blanco. Vale, no sería para tanto, pero a mí me parecía inmenso, ¡tenías tú que ver el mundo como lo ve un duende y me cuentas entonces!. Llegamos a la oficina de correos, a la entrada había un buzón majestuoso de bronce en la cabeza de un león. Introdujo el sobre en la ranura, el león cerró la boca, se tragó el sobre y eructó satisfecho, envío realizado correctamente. Desde aquel día me viene rondando un pensamiento: Esa ranura oscura me insinúa que huya. La certeza de la risa de las nenas es lo único que me da pena dejar. Los amigos de la timba de noche me han dicho que es un despropósito gordísimo, también los echaré de menos.

Me llevaré conmigo los secretos que Emilia Paula no sabe que le guardo. Esperaré a que pasen las Navidades y cuando después de Reyes embalen los adornos en dirección al trastero, me colaré en el bolso de mi musa y cuando pase otra vez por la oficina de correos me escurriré por las fauces de bronce. Me he hecho una pegatina con la dirección de mi destino, me cubre toda la espalda y un poco del culete, pero bueno. No me seáis agonías, dejadme soñar.

Aquí están mis gafas de sol, me las pondré y caminaré alejándome del buzón contoneando los hombros, indiferente a lo que ocurra a mis espaldas, como los héroes de los comics. De fondo creo oír ya las blasfemias del rojiverde cuando se encuentre desparramado por el suelo el mix de frutos secos y en mi cabeza suenan las cuerdas de un bajo y empieza una canción “soltad a los gatos porque me he escapado”.

Posdata: No sé qué pensabais que había en el bolso de Emilia Paula, si os habéis
quedado ahí conjeturando, acabaréis el resto del año en un cajón de embalaje, jejeje.

LINCE TOSCANO