
Para todos los públicos
Pájaros en la cabeza
TEXTO ORIGINAL: Beatriz G. Alberdi
Imagen: Christian Schloe
Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.
El otro día llegaba tarde al trabajo. No suele pasarme pero digamos que beber una copa de vino de más un martes por la noche no es una buena idea, especialmente si no quieres ir arrastrándote el resto de la semana con una resaca que ya no dura una mañana sino dos días. Me levanté después de sentirme martilleada por el despertador (sí, me compré uno para supuestamente dormir mejor), me duché sin mojarme el pelo, me vestí y salí de casa con el moño que me había hecho al levantarme. Llaves, bolso con la tarjeta del bus-metro, botas y a la calle. No fue hasta que una señora se me quedó mirando al entrar al autobús que empecé a pensar que quizás llevaba la camiseta del revés o un moco pegado en la cara. Su mirada entre asombrada y de asco me desconcertó. Cómo está la peña hoy. No me dejé amedrentar, hice como si no la hubiera visto y me senté lo más lejos posible.
Más tarde debía coger el metro, y entre transeúntes zigzagueantes de una de las calles más abarrotadas, conseguí llegar a mi línea de metro, donde nada más entrar otra mujer abrió los ojos más de lo necesario al verme. Debe ser grave, pensé. Y entonces vi mi reflejo en la ventana de esa caja metálica y de cristal a la llamamos vagón. Efectivamente entendí todas esas miradas que seguro mi subconsciente había captado en el camino de mi casa a ese vagón de metro, todos esos ojos de asombro y de compasión, de wtf y esta juventud… Mi reflejo me devolvió una imagen cuanto menos interesante: un nido de pájaros sin ningún tipo de sentido del orden y el decoro, perezosos, de esos que no solo no pasan la aspiradora al nido de vez en cuando sino que acumulan plumas del invierno pasado al buen tuntún, apiladas y enredadas entre las ramas y formando rastas de polvo y pelusones. Eso era mi cabello, un nido extravagante que se sostenía verticalmente sin intuir la gravedad.
¿Cómo había sido capaz de acumular eso y sacarlo de casa sin darme cuenta hasta esas dos miradas conscientes y efectivas de dos coviandantes samaritanas? Y ahí recordé las plumas de mi edredón y en que cada noche lo notaba menos tupido y más frío. Así que, eso era. Varias de las últimas plumas fugitivas se habían enredado en el pelo y formado parte de ese moño ebrio y cansado. Deshice el lazo y las horquillas, una a una, mientras pensaba en lo gracioso de salir a la calle sin realmente verse, sin ver la mirada de los demás y tu reflejo en su asombro o indiferencia que aceptamos como aprobación.
Y pensé, ¿y si nos pasa eso con las historias que escribimos? ¿Y si pudiéramos mostrarlas antes de que salieran a la calle para no temer una mirada desaprobadora o indiferente?
La verdad es que no pasa nada si te gusta llevar pájaros en la cabeza como a mí y que estos aniden y escondan sus plumas de año en año. Pero si prefieres que te lean antes de compartir tus pájaros, puedes enviarnos tu cuento o relato a info@relatossinfroneras.org para que le echemos un ojo antes de salir a la calle.
¡Nos leemos y escuchamos!
Bea(triz)
