Edad recomendada (+14)

Historia de una canción

TEXTO ORIGINAL: Coquín Artero

Imagen: Cementerio de Cristobal Colón

Puedes Escuchar el relato en nuestro podcast de iVoox y leerlo íntegro en este post.

A raíz del Día del Tentáculo, gracias a desvirtualizar a gran parte de los habitantes de esta noble actividad, una de las conversaciones que surgieron y me hicieron agradecer el viaje, fue una que tuve con una peasso de cantante tiempo después, acerca de una canción. Sirva este relatito no solo como homenaje a su figura, sino a quienes por fin pude tener enfrente para dejar a través del tiempo, una marca en mi memoria. Gracias, Kari, Cari, Omar, Olaia, grande donde las haya, Isaac, que me salvaste el culo en medio de la noche, a Lince toscano, a el grandísimo Fasa, a Leo, a Alberto, maestro donde los haya, Amparo, por supuesto, a Jose, Txetxu, Alva, Sere, Alia… Sé que me quedan muchas personas en el tintero. Solo espero que sepan perdonar mi idiocia al no nombrarlos.

En las postrimerías del siglo XIX, entre todas las vivencias que podrían tener los cubanos y cubanas de a pié, se hizo famosa la historia de un poeta y la de su preciosa prometida. ¿Acaso puede un cantor tener mayor motivación que el amor correspondido con pasión de un adolescente?

Ya estaba todo listo para el día feliz. Francisco Camaño, el poeta, se casaría con Irene y todo pudo haber salido bien, pero entonces nunca habría podido saber de una famosa tonada que, desde las mareas del tiempo, a día de hoy sigue avivando una y otra vez los pormenores de esta triste historia. Triste, sí, porque la dulce Irene falleció por una tuberculosis traicionera y Francisco, hundido en todo tipo de miserias, se obsesionó con la desgracia hasta no poder pensar en nada más.

Como último regalo y obedeciendo a sus deseos, gastó sus ahorros en enterrarla vestida de novia y acolchada por una manta de flores que, en el féretro, por un segundo reavivaron el color de sus mejillas.

El poeta se preguntaba si el destino no podría ser ingrato también con cualquier otra persona, si acaso no podría compartir su dolor; olvidándose del pesar del resto de familiares; dejándose consumir por la pena. Así, como un espectro más, visitó a diario el camposanto donde descansaban los restos de la muchacha. No importaba el clima, no importaba si de día o de noche, el hambre o la sed. Tenía la ilusión de acabar sus días cerca de su hermosa para, una vez cruzado el umbral, poder encontrarse más rápido.

No era el mejor de los planes pues, como podemos imaginar, existen vías más rápidas y efectivas con que proceder. En la costumbre de la eterna visita, en caso de que podamos llamarlo así, Francisco encontró el confort de la monotonía, pero un mal día, las autoridades ordenaron sacar a Irene de su lecho eterno para trasladarla a una fosa común. La familia no tenía el capital suficiente para seguir pagando el nicho y el poeta, ante el temor de perder de ella incluso el rastro de sus despojos, se ofreció a guardarlos en su casa. Al menos hasta encontrar una solución. Para ello movió montañas de papel e hizo correr un río de tinta en la tarea burocrática de presentar los restos como un sujeto de estudio científico, más, el motivo de la muerte hizo recelar a las autoridades sanitarias prohibiendo tal acción.

Francisco sabía en el fondo de su corazón, que lo único importante en su vida era rescatar a su esposa como haría cualquier amante hasta que finalmente (hay quien duda de si a través de sobornos o a pura punta de pala), envuelta en telas y abrazada, bajo el rocío de las lágrimas se la llevó de allí.

A quién se atrevía a preguntar, le contestaba que estaba reuniendo plata para construirle un mausoleo. Por supuesto, los vecinos comenzaron a hablar, a inventarse historias macabras de esas que tan solo se dan en los pueblos. Hablaron de necrofilia, de satanismo de la práctica de costumbres innombrables por un buen cristiano. Le acusaron de ser un peligro y de que podría desatar otro brote de tuberculosis. Así, harto de su propia vida, decidió desistir de su locura y marcharse a otro lugar donde ya nada le recordase a su desgracia.

Pero, como dice el refrán: la cabra siempre tira pal monte. Francisco volvió al cabo de los años con la esperanza de que su historia hubiese caído en el olvido. Nada más allá de la realidad. Con sorpresa descubrió que por las calles se cantaba su historia, que se había hecho famosa. Resultó que un sacerdote, haciéndose eco de las habladurías escribió unos versos a los que llamó Boda Macabra, que después de pasar por las manos de otro poeta, Julio Flores, vino a tomar forma de canción a manos de Alberto Villalón. Yo, por ejemplo, más de un siglo después, conocí la melodía de manos de mi madre, que, siendo un niño me la cantaba acompañando los tonos de Julio Jaramillo.

La historia real oculta tras esta leyenda, deja en el aire si finalmente sus restos descansaron en el mausoleo donde se tenía previsto o si lo que se contaba de la horrenda pareja fue o no verdad. Solo queda el recuerdo y el legado de un cuento con un final más o menos feliz.

BODAS NEGRAS:

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa.
La gente murmuraba con misterio:
es un muerto escapado de la fosa.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa.
La gente murmuraba con misterio:
es un muerto escapado de la fosa.

En una horrenda noche hizo pedazos
el mármol de la tumba abandonada,
cavó la tierra y se llevó en su brazos
al rígido esqueleto de la amada.

Y allá en la oscuridad más que sombría.
Del cirio fúnebre a la llama incierta.
Sentó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.

Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca la llenó de besos
Y le contó sonriendo sus amores

Llevó la novia al tálamo mullido
y se acostó junto a ella enamorado,
y para siempre se quedó dormido
al rígido esqueleto abrazado.

Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca la llenó de besos
y le contó sonriendo sus amores.

Llevó la novia al tálamo mullido,
y se acostó junto a ella enamorado,
y para siempre se quedó dormido
al rígido esqueleto abrazado.

Y para siempre se quedó dormido
al rígido esqueleto abrazado.

… … …

COQUÍN ARTERO