aprendizaje colectivo

TEXTO ORIGINAL: Beatriz G. Alberdi

Ilustración: Sandra Delgado

Lo que de niña me hastiaba, creí verlo desvanecerse de mis rutinas al llegar la edad adulta, pero para mi sorpresa, me vi relegada a “la mesa de las mujeres” en ciertos círculos empresariales. Qué irónico y paradójico. Como adulta volvían a clasificarme y otorgarme ciertas habilidades, esta vez no por mi edad, sino por mi género. En estos eventos se conversaba sobre la bolsa en la sobremesa de los hombres y se esperaba que nosotras hablásemos de niños (¡de nuevo!), de tratamientos de belleza, o simplemente, dejásemos pasar el tiempo mientras ellos trataban lo importante. Y era una pena, porque se puede aprender mucho unos de otros, entre edades, entre gustos… pero la manía del ser humano de clasificarlo todo cierra esa posibilidad.

De pequeña odiaba que me pusieran en la mesa de los niños y niñas. Soy la mayor de cuatro hermanos pero eso no impedía que en la clasificación de los sitios en las comidas familiares, cayera siempre en la categoría de “niña”, y además con tareas. Que eres la mayor y tienes que cuidar a tus hermanos, que lo haces muy bien, que ya verás qué bien lo pasan contigo. Lo detestaba. Fueron muchos los momentos en que realicé un trabajo no remunerado durante horas en contra de mi voluntad y sin aliciente alguno. 

En Relatos sin fronteras nos preguntamos qué pasaría si dejásemos de clasificar, o si por lo menos lo hiciésemos un poco menos. Si consiguiéramos que toda la familia disfrutase del mismo contenido, y que los cuentos no fueran solo para edades infantiles o solo para adultos, sino que pudieran ser escuchados por toda la familia al mismo tiempo. Qué pasaría si no hubiese categorías por edad o sexo o accesibilidad y todos pudiéramos disfrutar de las mismas historias alrededor de la hoguera. 

¿Tienes alguna historia para compartir con nosotr@s? Puedes enviárnosla a info@relatossinfronteras.org.

BEATRIZ G. ALBERDI